El vividor

Lo dijo para quien pudiera oírlo, en la vertical del mar Tirreno, a treinta mil pies, paladeando el segundo “Johnnie Walker” que acababa de servirle la azafata: “He gastado la mitad de mi fortuna en alcohol, en juego y en mujeres”. Veníamos de Roma. Me habían acomodado en “bussines clase” gracias a un jaleo de “last minute”. “¿Era mucha?”, le di de ojo a la aeromoza. “Lo qué”, me miró aquel bon vivant con sonrisa de galán de Hollywood. “La fortuna”, dije. Ni un mal rictus en su rostro, ni temblores en sus gestos, ni trazas de delirium tremens en su voz: “Todo lo que me dejaron de herencia mis padres: diez millones de euros”. La azafata se sonrojó como una cuenta bancaria en descubierto.
“He flotado en las aguas del mar muerto –me contó entre el ir y venir de la “fly attendant”-, he buceado entre los muslos más herméticos, me he perdido en los tugurios más inicuos, he probado los vinos más siniestros, los labios más obscenos, las drogas más afrodisíacas; he desvirgado las mil y una noches, hice y deshice mil veces las maletas, otras tantas salí y entré de los penumbrosos lenocinios, de las marmóreas mezquitas, de las graníticas catedrales, de los melancólicos museos; he visto el hastío apostado en las miradas, la pasión reflejada en los espejos, la fidelidad saltando por los aires, el amor aplastado contra el suelo; he amanecido en las comisarías, dormido en las alamedas, follado en los camposantos; me han cogido puntos de sutura, me han contagiado la sífilis, me han perdonado la vida. Admito que he vivido cien años, qué diablos.
Hablaba entre sorbo y sorbo de “black label” mientras yo lo escuchaba embebido en el respeto. Ya estábamos en final del aeropuerto de Madrid Barajas. Por la megafonía del avión nos ordenaron apagar los equipos electrónicos, abrocharnos el cinturón de seguridad y poner los asientos en posición vertical. Cumpliendo las ordenanzas, la “aerolinda”  pasó revisando las entrepiernas; le recogió el vaso vacío, le remiró el paquete y, pensando quizá en bajarse las bragas le subió la mesita del respaldo. “Tenga, esta nota se la envía el comandante”; se la entregó enlomando el coxis, insomnes y dilatadas las pupilas, como una gata; los labios, avivados de rojo pasión para el desembarque, como una herida reciente que requería ser taponada.     
Aterrizamos. El casanova abrió la nota y leyó con voz hastiada, quizá de tanto exceso de hedonismo: “Esta noche tengo libre. Llámame”. Recogí mi equipaje de mano. “Buena suerte”, dije despidiéndome. “Falta hace –me contestó sarcástico-  porque la otra mitad de mi fortuna la he desperdiciado en matrimonios”. Yo sonreí, ya conocía la frase, pero él insistió en darle veracidad rompiendo la invitación en mil pedazos: “No creo que a partir de ahora las mujeres me quieran por mi insolvencia”. Oliendo a tristeza gran reserva, añadió: “Ando sobrado de franqueza, pero escaso de amigos que quieran escucharme. Todavía me quedan algunos dólares. Te invito a cenar en el Zalacaín, si te apetece”. 
Cenamos en un  restaurante en  Malasaña, esa fue mi condición. Aquel donjuán había perdido las expectativas, pero no la memoria. Pagué yo. Y voto a dios que mereció la pena.