El puticlub

Desengáñate, cielo, –me susurró con voz oscurecida la más fea- solo hay tres cosas que un hombre mayor puede darle a una chica joven: lástima, dinero, o ganas de vomitar; a veces incluso las tres juntas”. Estábamos localizando para hacer una película, nos sorprendió la noche y aterrizamos donde vimos luces; no había hotel, ni farmacia, ni odontólogo; podría decirse que aquello era el más allá, si no fuera por las putas.
El dueño del burdel -que traficaba- pensó que se trataba del helicóptero de la guardia civil y nos recibió entre cortés y escurridizo; el productor de cine -que consumía- una vez aclaradas las circunstancias de nuestro “aputizaje”, aceptó el ofrecimiento del tratante de carne y se empeñó en pernoctar en el burdel; y yo, inflamadas muelas y juicio, a sabiendas de que de las putas no cabría esperar más que putadas, no insistí en lo de pedir un taxi por si dejaban de insistirme en que me quedara. 
Entramos en aquel gineceo como quien entra en un sueño; cenamos con las cortesanas (un catering frío maridado con una plática venérea que nos calentó entrañas y entrepierna); después pasamos al salón. La noche pintaba en copas, la suerte en bastos, mis muelas cordales en espadas.  
A mí me entró enseguida la más fea; pensé que iba a darme la tabarra pero me dio dos Ibuprofenos combinados con una pelín de honestidad: “no se te ocurra pedir whisky, me advirtió, es de garrafón; además con las pastillas no mezcla bien el alcohol”. Opté por una cerveza cero, cero. Luego nos pusimos a hablar de su vida y sus malicias: “aquí espabilamos a los tímidos, saciamos a los salidos y desplumamos a los estúpidos”. No me di por aludido, pero con lo que me contó se podría escribir un libro de autoayuda. 
El realizador, un petimetre con tres erres: Rolex, Ray-Ban y rinitis colombiana, ya estaba pasado de punto. Las fulanas le hacían corro, el chuloputas le hacía la pelota y él mismo se hacía las rayas. Se puso a desbardar conque si quería producir una peli porno, conque si era un tipo espléndido con las mere-actrices, conque si podía asar una vaca con billetes de quinientos euros. Se vino tan arriba al verse rodeado por tantas “lupas” que mandó cerrar el lupanar.
Besos con Visa. Abrazos en cash. Erecciones en diferido. Hasta la fea me abandonó en procura del putañero; “¿déjame ver cuánto pesa tu reloj?”, oí que le decía. Aquello me extrañó, estábamos en un night club, no en una joyería. Entonces me entró el puritanismo, y salí con el pretexto de ponerle la funda al helicóptero.
Cabeceé en los asientos de la parte de atrás. Despegamos con el alba. Mientras volábamos de regreso a hacia Madrid noté al colega arrepentido; “maldita sea, gallego, –me dijo- el material era malo, se me durmió el pajarito”. No es lo mismo –pensé- querer acostarse con varias mujeres a la vez que despertarse sin haber catado a ninguna. Entonces caí en la cuenta de que el pulso le latía a cien, pero el Rolex de oro que seguía relumbrando en su muñeca era más falso que la teta de un travesti.   
Le habían dado el cambiazo en el Puticlub. Ayer daba asco, hoy lástima. Pero yo callé como una puta.