El lisiado

Lisiado, tullido, minusválido, manco, discapacitado, disminuido físico son palabras que solo ofenden a quienes no lo son. Nadie es menos válido que nadie porque no oiga, o no vea, o no pueda andar. Nadie se da por insultado porque le llames ciego, si lo es; o cojo, si no puede caminar; o sordo, porque quizás ni te oiga. “Mediohombre” era el alias que, con 25 años, ya se había ganado a sangre y pólvora el marino Blas de Lezo; tuerto, manco y sin una pierna, ha sido el mayor héroe español de todos los tiempos, el que puso en fuga a toda la flota inglesa en Cartagena de Indias, el que salvó al imperio español, el que recorrió todos los mares y vivió todas las vidas. 
 Ay, pero cuando te toca tratarlos de cerca, “piensa bien lo que vas a decir antes de hablar”, como suele decirse: por increíble que parezca uno se queda mudo. 
 Agosto. Vila Verde. Portugal. Un sol de mil avernos. Aparco mi Mercedes “alas de gaviota” frente unos cutres tenderetes. El sol también produce melanomas en los metales preciosos. Pregunto. “Feira de antiguedades e velharias”, es el eufemismo con que me responden. Me bajo. A bafle en grito suena la canción de la “Cabritinha”: “Cando eu nasci a miña mãe não tinha leite./ Fui criado por un bezerro rejeitado./ Mamei em vacas em tudo que tinha peito./ E cresci assim deste jeito./ Fiquei mal habituado”. 
 Camino entre los puestos de venta olisqueando mohos, descartando mugres, descifrando óxidos. Curioseo un libro de poemas: “O sorriso de Deus”: “¡Este libro es un pecado público, comúlguelo conmigo!”, advierte desafiante el autor en la carátula. ¿Un portugués que no cree? Cuesta creerlo. Lo compro.
 Entonces lo distingo entre el gentío: Todo lo observa, canta, le sonríe a todo el que pasa por delante. 
 Me mira y canta con todo el ímpetu del corazón en los pulmones: “¡Eu gosto de mamar/ nos peitos da cabritinha,/ eu gosto de mamar/ nos peitos da cabritinha…/ Mamo a hora que eu quero porque a cabrita é minha!”. 
 Es el hombre más feliz que he visto nunca.
 Parece buscar mi complacencia. Ha visto mi coche. Seguro. Los lusitanos adoran el rugir de los motores.
 Le sonrío.
 Me hace una señal.
 “Ya voy”, le respondo yo con otra. Va a preguntarme cuántos caballos tiene, cuánto corre, cuánto vale…
 Entonces me percato. 
 Demasiado tarde.
 Consulto el reloj. La hora es lo de menos. Tendría que ser un reloj de arena para poder hacer tiempo.
 Suplico a mi smartphone… 
 Nada. 
 Nadie me va a echar una mano en el último momento.
 Estoy frente a aquel engendro. 
 Me ofrece su mercadería vieja, no antigua. Quiero huir. Me acuerdo de “Fuxan os Ventos”: “Dalle na roda, dalle madeira/ pra afiare a aquel que queira/ eu cuchillos, eu navallas, eu tixeiras”. Pero no es por las bagatelas que me ofrece.
 “Só custam dez euros”, me anima.
 En un estado semicatatónico, soy incapaz de decir nada: Santo dios: Aquel hombre solo lo es de medio cuerpo para arriba. Está sentado en una trona con alzador. Tiene las piernas del muñeco de un ventrílocuo. Casi cabe en una caja de zapatos. Pero canta. Canta sin parar. Tiene ese don maravilloso de alegrar a quienes lo rodean.
 “¿Perdón?”… 
 Resulta que le he comprado un cachivache que no sé para qué sirve. Le doy cien euros. “Obrigado. Fique com o retorno”.
 “¡Obrigadísimo eu!” 
 Y me estrecha la mano. 
 En su mirada puedo ver todo el júbilo del mundo. 
 Y yo, qué malaventura, qué tragedia, qué infelicidad, porque había dejado el coche al sol, andaba malhumorado…