El inocente

Se han quemado muchos montes desde entonces, pero aquel día el cielo era un fumadero de opio; el humo era tan denso que ni siquiera nos veíamos los pies; el viento, las pavesas y el frente ocluido que empezaba a formarse en el Cantábrico intoxicaban la atmósfera. Salvo para los murciélagos, era imposible volar. Carraspeamos, escupimos, contamos las horas para saber cuál era la del ocaso. Y al terminar la guardia me invitó a cenar a su casa.
 Más que como anillo al dedo me caía como herramienta al tornillo: era el mejor mecánico de helicópteros que había tenido en una base contra incendios. Ladeando la cabeza era capaz de discernir, más allá del horizonte, cualquier modelo aparato. El rechinar de las cajas de engranajes, el flapeo de las palas del rotor, el histérico zumbar de las turbinas eran para sus oídos una orquesta filarmónica. Fanático de la cinemática, era una póliza de vida tenerlo cerca. 
 Me presenté a la cita con tres botellas de ribeiro. Su mujer era un cielo: sonriente, serena, luminosa, bermeja como un atardecer sobre un trigal. Una pareja estupenda. Vivían en un sexto piso. Tenían un hijo encantador: le calculé cinco años. 
 Hablamos del tiempo. Murmuramos de los jefes. Despotricamos del gobierno. Y nos pimplamos las tres adormideras milagrosas. Las grandes intimidades suelen traer grandes alejamientos, pero este no es el caso.
 El pequeño no nos quitaba ojo de encima. A modo de micifuz acariciaba un Sikorsky S-76 que tenía en el regazo. Callado. Atento. Circunspecto. A mí me pareció que respiraba con cautela para poder escucharnos. En un momento dado se levantó y se retiró a su cuarto. “Éste va a ser piloto”, comentó su padre. Su madre matizó: “Como Michael Schumacher”. Yo me di por vilipendiado: “Volar es vivir” farfullé, un poco espeso ya por el morapio.
 Nos reímos. Filosofamos. Fumamos: entonces no era algo clandestino: no se encendían otros inciensos en las casas que no fueran “full rich tobacco flavor”. Escuchamos música. Camaradas en una noche de confidencias nos olvidamos del pequeño por completo.
 Diluviaba cuando decidí irme a mi hotel. Besé a la anfitriona. “Mañana al orto en la base”, me despedí del mecánico (una obviedad, como decir que es cuestión de suerte que toque la bonoloto); me acompañaron hasta la puerta. El otoño, enfermizo, comenzaba a campar ya por sus flemas. Por el hueco del ascensor chorreaba desde abajo un aire extraño, una mezcla de humo y relente que lo hacían venenoso. 
 Entonces escuchamos los jadeos, las toses, los estertores que alteraban el silencio. Era el niño. Se ahogaba. No podía respirar. El padre fue directo a la habitación, lo cogió en brazos y me ordenó: “¡Abre la ventana!”. Yo lo hice, de par en par. El niño necesitaba aire, estaba cianótico. La madre se deshacía en ayes. Yo hacía lo que podía, hasta se me ocurrió hacerle el boca a boca… 
 El pobre rapaz tenía un ataque de asma. Pero viéndonos tan agitados, venteando quizás nuestros vapores etílicos, nos suplicó: “¡No me tiréis por la ventana, por favor; me pondré bien, os lo prometo!”. 
 Pobres niños, que deben soportar las sobreactuaciones de los adultos. Aquella estoica actitud aun hoy me sonroja el alma.