El indigente

Siempre lo veía sentado en la misma acera: pelo estropajoso, piel amojamada, manos sarmentosas, mil soles e intemperies en su rostro y un cielo azul en la mirada; a sus pies, a modo de cepillo, un recipiente de hojalata; a su lado, echado en un cartón, un can sin pedigrí, casi sin raza. 
 Si las llevaba sueltas, solía darle a aquel pordiosero unas monedas; cuando estaba de quiero, él me las agradecía con una sonrisa, si no, con un gruñido; pero jamás me importunó pidiéndome más pasta, ni lo sorprendí con una copa encima, ni me hizo la pelota. Y eso que más de una vez me vio aparcar enfrente mi descapotable: en ese caso yo incrementaba la limosna: ostentación obliga. 
 Un día me entregó una nota manuscrita: “La verdadera medida de tu riqueza es cuánto valdrías si perdieras todo tu dinero”; no lo tomé como una afrenta, sino como un desafío. Pobre no es el que vive en la indigencia, me dije, sino el que pierde la autoestima. Así que decidí hacer la prueba:
 Primero tuve algún reparo en echarme a la calle sin un euro en el bolsillo, sin tarjetas de crédito ni documentos acreditativos; después tuve algún culillo: la pobreza es tan repelente como la lepra; es tanta la sospecha que suscita, que debería estar prohibida. Tuve problemas en la gasolinera cuando reposté 20 euros de 95 octanos y prometí -por mi honor- que pasaría a pagar al día siguiente, y cuando entré en una cafetería y pedí –por caridad- que me fiaran un bocadillo, y cuando intenté que me regalaran -por el amor de Dios- algo de lo que iban a tirar en un supermercado. En todos los casos tuve que hablar con “el jefe”; todos me amenazaron con llamar a la policía; incluso, en un centro comercial, cuando me aposté al pie de la escalera mecánica para pedir limosna, tuve problemas con el segurata. Ni honor, ni caridad, ni Dios bendito. En algún recóndito lugar de nuestra mente anida la idea de que falta de dinero y criminalidad son indisolubles. 
 Entonces comprendí que, perdido en la marea de los otros, yo valía poco. “In stercore invenitur”, recordé, porque es en el estiércol de la miseria donde se encuentra el oro filosofal del alquimista; aquel hombre, doctorado en la universidad de la calle, tenía 24 quilates de nobleza. 
 Hoy el día amaneció mal encarado, el aire desapacible, el frío hiriente; por no quedarme en casa batallando con mis demonios, he preferido enfrentarme a las adversidades climatológicas; el cielo tiene un color gris acero, gris puñal, gris carroza funeraria; Diciembre, con su atuendo de armiño, baja desde el norte; ya está aquí Papá Noel tañendo la campana del derroche... ¡Ay!, pero mi asesor espiritual ya no está en la esquina de costumbre: primero fue su perro, víctima de un tumor; después fue él, víctima de la soledad y la tristeza. Pronto va a hacer un año que se fueron. 
 Entro en el bar de siempre. Tomo café con los amigos. Pero al recordar las enseñanzas de aquel mendigo, me siento más excluido social que nunca. No es de extrañar: al fin y al cabo todo hombre, pobre o rico, es un menesteroso.