El chiflado

Amí me llaman el tontooo,/ el tonto de este lugaaar;/ ellos viven trabajando,/ yo vivooo sin trabajaaar”, cantaba enloquecido de alegría cada vez que me veía. Estaba interno en el manicomio de Toén. 
 Yo iba con frecuencia a visitarlo. Era mi tío Pepe. El más inteligente de la familia, con diferencia. El único que, pudiendo ser normal, había elegido ser sublime. Se sabía de memoria las cartas de Quevedo y me las recitaba salpimentándolas con los comentarios más enjundiosos: “Vive para ti solo, si pudieres;/ pues solo para ti, si mueres, mueres”. 
 Los locos y los borrachos siempre dicen la verdad, y mi tío Pepe era las dos cosas. Bebía como un loco. Fumaba como un loco. Vivía la vida a lo loco: todos los meses se pulía el sueldo de capitán del ejército y la indemnización que le mandaban de Alemania por mutilado de guerra en la calle de tolerancia, es decir, la de las putas. Aquello indignaba a la familia. 
 Había combatido contra los rusos en la División Azul. Había regresado sin una pierna, arrancada de cuajo por un proyectil bolchevique. De regreso a Ourense, había comenzado a llegar a casa sin honra, sin equilibrio y sin un céntimo. “Cambié mis sueños por miedos 
-me confesó una semana antes de que lo internaran-; dentro de mí hay un hombre agonizante, al que en vez de una bala rusa rematará la cirrosis”. 
 Estaba allí por suicida, no por imbécil. Estaba allí porque una mala mañana, después de una buena noche de juerga con tres mujeres de pago, se había querido quitar la vida abriéndose las venas con una cuchilla de afeitar. Estaba allí por amor. “Idilio trágico” fue una novela que dejó escrita, en la que confesaba su perversión por una mujer rusa. Le gustaba escribir. Pero la literatura no existe sin la perversión de los demás por la lectura, y su obra pasó con más pena que la poca gloria que alcanzó sirviendo a su Patria. 
 Muchas veces el honor no es más que una máscara de la locura. Lo sé. Ubi amor ubi olculos, y los ojos y el corazón del capitán José Álvarez estaban en la enemiga Rusia. Ni la muerte ni la vida son de la incumbencia de quienes habitamos en el mundo, pero no cabe duda de que la primera cura a la segunda. Y la locura, lo cura -menos el aislamiento- todo. Y el suicidio tal vez sea un acto de generosidad, Dios mismo se suicidó para salvarnos… En fin. Pobre tío Pepe. Le perdió la soledad, no la bebida.
 Un día, al despedirnos, me dio en secreto un billete de mil pesetas. Llevaba dos años ahorrando de lo que le pasaba “la familia” (dios, cómo atufa a mafia esa palabra) para tabaco. Le di un beso. A él le cayó una lágrima que enjugó con disimulo, como si fuera sudor. Cuando salí del sanatorio, inmerso en los olores y sonidos de aquella tarde estival, me perdí entre la arboleda cantando entre dientes: “A mí me llaman el tontooo…”. Y lamentando que la locura no fuera contagiosa. 
 Aunque no sé yo si no será hereditaria...