El beodo

Lo conocí cuando joven promesa de la cirrosis: ojos foscos, voz aguda, ideas definidas: “Prefiero ser borracho conocido que alcohólico anónimo”, decía. 
 Recuerdo la primera vez que le acompañé a su casa. Había perdido el sentido del equilibrio, pero mantenía intacto el sentido del humor: “Ya verás que padres más inteligentes tengo”, me advirtió. En efecto. Nada más abrir la puerta ya se percataron de que venía como una cuba. 
 Yo lo había escoltado por un vergonzante sentido de la camaradería. Pimplaba también como si no hubiera un mañana. “Si bebes para olvidar, paga antes de empezar”, solía advertir un cartelito en la mayoría de los bares de aquel entonces. No era mi caso. Lo que yo quería era aprender, sobre todo a conjugar el verbo eterno. Pero me estaba convirtiendo en un alcohólico sexual: salía a buscar sexo y agarraba cada melopea del demonio.
 Pronto me sacaron de la ciénaga de las destilerías. Fue mi novia: “O te haces abstemio, o no vuelves a mojar en estos humedales”. El peligro fueron después los vicios secos. Por fortuna la dosis siempre hace inocuo al veneno, y yo salí indemne de la cata. Y eso que viví en Sudamérica, en donde la prominente -por insalubre- industria de la cocaína y el sangriento sistema de su distribución aun hoy tiene enganchado a medio mundo. “Plomo o plata”, daba a escoger Pablo Escobar -según los guionistas de Netflix- a quienes se interponían en la ruta de los cárteles. “O corres o te encaramas”, se decía en Venezuela, y yo preferí correr como un cobarde antes de encaramarme como un imbécil al jaco desbocado de las drogas.
 Pero andábamos a setas, no a Rolex. 
 El otro día, buscando cambio para pagar en “zona azul”, entré en un tugurio de cuyo nombre no quiero avergonzarme. Alguien me tapó los ojos por la espalda: “Pensé que habías muerto –me escupieron al oído-, no oigo más que hablar bien de ti”. Voz oxidada, aliento de lagar, manos de cadáver. Como en su día sus padres, lo reconocí al instante. “¡Fulano –me revolví hasta los años 70- qué alegría!”. 
 Allí estaba: nariz color borras de aloque, ojos de hámster albino, vientre de batracio, dedos de alquitrán y el mismo tic ansioso de todos los dipsómanos: “Venga, toma algo”. Miré el reloj. “Un zumo de fruta –pedí-, del tiempo por favor”. “Aún es de la cosecha pasada –me advirtió tras la barra y el remordido palillo el cantinero- pero está que arde en un candil”. Dudé, yo quería un zumo de naranja no uno de uva pisada. “¿Cómo le pongo el vaso de vino blanco o tinto?”. Callé, era la hora del desayuno… “¡Lleno!, ¡Lleno! -terció en seguida mi amigo- déjate de caralladas y mueve el culo”, le dijo al caspas. 
 Nos escrutamos de hito en hito, de arruga en arruga. El tiempo, delator, nos paralizaba. “Y tú qué, como siempre”, dije, por mentir algo. “Sí, sigo tan inconsciente como antes –me contestó- pero no tan gilipollas; la mayor indecencia de la vejez es querer reformarse”. Brindamos por nosotros. Bebimos en silencio. En el ámbito reinaba la añoranza ¡Me sentía a gusto en aquel antro! 
 “La melancolía es la felicidad de estar triste”; qué razón tenía Victor Hugo…