¡Discapacitados al poder!

¡Discapacitados al poder!

Putas ao poder, que os filhos já lá estão” (putas al poder, que los hijos ya están en él); lo leí hace años en un muro en Portugal. Y se lo voy a plagiar: Discapacitados al poder, que los idiotas ya lo ejercen.
 A voz tomada, apoyados por sus familias, llegados de todo el país, centenares de discapacitados intelectuales gritaban hace unos días ante el Tribunal Constitucional en Madrid: “¡Queremos votar!” Son casi 100.000 los que no pueden hacerlo debido a una ley electoral que no les reconoce los mismos derechos civiles que al resto de los ciudadanos. 
 Siempre he sostenido que ‘un hombre un voto’ a estas alturas del populismo es una aberración: no puede valer lo mismo el voto de un narcotraficante que el de un catedrático. Pero… lo que no puede ser, no puede ser y además (la marabunta lo impide) es imposible. Siendo así, ¿qué importancia tiene que los discapacitados intelectuales puedan expresarse en las urnas?; es más, ¿hasta qué punto no es justo y necesario que lo hagan, aunque sea influenciados por sus padres, sus tutores, sus familias que, en definitiva, son quienes se encargan de su formación, los miman y los cuidan? Vota para que te vean. Hay que visibilizar a las minorías.
 Los discapacitados intelectuales pueden ir al cole, pueden graduarse, pueden trabajar, pueden casarse y tener hijos… ¿Por qué no van a poder votar?; lo paradójico es que lo hagamos quienes tenemos la ‘capacidad intelectual’ en el occipucio perineal. Lo paradójico es que Donald Trump gobierne el país más poderoso del mundo, tenga acceso a los secretos de Google, Facebook, a los informes de la CIA y al botón nuclear, y haya sido elegido nada menos que por 62 millones de preclaros estultos. Lo paradójico es lo del Brexit en Inglaterra, y su primera ministra Theresa May, que más parece la señorita Pepis en versión familia Monster que una estadista tipo Churchill; o en Francia lo de la Marine Le Pen, que aunque no salga elegida ya acojona, anunciando que la Unión Europea ha muerto; o lo del ultraderechista Geert Wilders en Holanda, llamando ‘escoria’ a los marroquíes; o lo de Nicolás Maduro, el guagüero loco, ‘la ley irrespetando, la virtud y honor’, y conduciendo Venezuela hacia el abismo. Y suma y sigue.
 Mariano Rajoy, circunscribiéndonos al ámbito doméstico (donde es tan cara la electricidad y los políticos tienen tan pocas luces), invidente de cine convicto, lector del ‘Marca’ confeso, inopinante de todo, que jamás ha pisado un teatro ni siquiera para ver la representación del ‘Alcalde de Zalamea’, monolingüe con frenillo, y circunflejo en silogismos: ‘Es el vecino el que elije el alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde’; que hace footing como escapando de sí mismo, y que, apuesto, jamás ha leído un libro desde que terminó la oposición; nuestro presidente digo, lleva toda la vida en la política, y gobierna este nuestro país tan lleno de filósofos –si algún día se exportaran los filósofos tendríamos el PIB más poderoso del mundo- sin que a nadie le parezca abracadabrante. Y gana y gana, y volverá a ganar, como beben los peces en el río, quizá por aquello de que más vale deficiente conocido que demagogo por contrastar. 
 Ergo, si pueden gobernar los discapacitados intelectuales, ¿por qué diablos no van a poder votar? Vamos, digo yo.