Diosas de Lesbos

Más que una fiesta de millonetis, aquello parecía una reyerta de gitanos: ellas contendían bolso a bolso, liftin a liftin, tacón a tacón; ellos lo hacían facecia a facecia, business a business, reloj a reloj. 
Estábamos en una mansión con campo de golf, picadero y helipuerto; yo había pasado el día transportando en helicóptero a los invitados más conspicuos, pero ahora, en aquel sarao, me sentía fuera de lugar: hablaban un idioma que me costaba descifrar y, cuando no participas de ellas, hasta las risas resultan peripatéticas. 
Entonces la distinguí en un rincón; parecía estar en otro mundo, no hacía alarde de elegancia, ni de joyas, ni de presencia; llené dos copas de Moët & Chandón, me acerqué, y le propuse hacer un brindis. “Sí”, me miró monosilábica. “Sí, qué”, la di por alucinada; cabellos a lo garçon, pecas al descubierto, jeans a lo Peter Pan; el móvil, en uno de los bolsillos delanteros, le abultaba como una erección. Intimamos enseguida. “Andar sin bolso es muy liberador –me confesó al oído- pero no tienes donde meter los tampones”. Me gustó, sobre todo su espontaneidad. Y si supe que le iban las mujeres fue porque me lo aclaró ella misma.
Mi mente se perdió por esos promontorios  y hondonadas espumosas; por esos lechos de nácar, sábanas de seda y caricias subcutáneas; por esos efluvios a sirena varada y a marea baja se perdió, embelesada como una mariposa entre las flores, mi mente voladora. 
El kamasutra lésbico se me vino también a la entrepierna: vulva contra vulva, boca contra boca, cuerpos encastrados, jadeos inconexos, zureo de palomas, torrenteras de ambrosía, tolvanera de orgasmos encadenados hasta el éxtasis. Ah, esas Melibeas sin Calixto, celestinas de sí mismas, diosas de Lesbos. Ah, esas carabelas extraviadas, engolfadas en el triángulo de venus. Ah del castillo, que se asienta sobre las colinas del delirio, inexpugnable a los embates de los faunos. 
Uno se enamora de la persona, no del sexo, piensas; pero piensas que la pasión jamás te llegará en forma de Artemisa. Ni al contrario, en forma de Príapo, piensas que pensará ella. Así que te excusas con cualquier pretexto; bebes de prisa, para apurar el mal trago, y brindas por el amor platónico. 
Era una fiesta de baja estofa y alto standing, convinimos. Ya íbamos a retirarnos a nuestras respectivas decepciones cuando, tigresa que acude clandestina al abrevadero, vimos aparecer a nuestro común predador: alta, esbelta, segura de sí misma. Carne, demonio y mundo todo en una. Metió hasta la falange el dedo corazón en un cuenco de caviar y, mordiéndonos con la mirada, lo introdujo en la boca hasta la glotis. Después se nos aproximó felina. Yo sentí un jolgorio a la altura de las ingles. Mi contertulia –ahora contrincante- se atragantó con las burbujas del champan, ahogándose en sus propios jugos. 
Nos miramos como dos irracionales. Ambos la habíamos visto primero. O nos matábamos el uno al otro o nos poníamos de acuerdo. Venció la sensatez y contestamos al unísono: “Sí, somos pareja”: Nos acababa de proponer un trío.
Nos condujo al primer piso. Abajo quedaban los tráfagos terrenales envueltos en la música y el lujo. Pero nuestra habitación daba al paraíso.