La diestra y el siniestro

La diestra y el siniestro

De un relato original de ‘La culpa es de la vaca’.
Cuando aquella señora –militante del PP- llegó a la estación tras haber pasado las Navidades con sus nietos, le informaron que su tren se retrasaría más o menos una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén y se sentó, preparada para la espera. Era una mujer tradicional; vivía sola; disfrutaba de una paga de viuda; había sido criada en la estrechez, y, aunque no entendía mucho de política nunca había vivido tan holgada como ahora; por eso no quería perder nada de lo conseguido; por eso era de derechas; por eso, en su fuero interno, abrigaba la convicción de que muchos diputados iban drogados al Congreso.
 Mientras ojeaba la revista, un joven –de Podemos- se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. Era un muchacho de su tiempo: jeans, greñas al uso, piercings hasta en la curva de la aorta, pacifista radical, indignado con la corrupción y los abusos; de formación universitaria en una carrera que -ni siquiera del cuento- le daría para vivir por mucho que lo intentara. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando con descaro al de las greñas.
Como respuesta el joven tomó otra galleta y, mirando a los ojos a la señora, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente. Y así.
El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada. Y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se percató de que solo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura”, mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta, la partió en dos y con un gesto amable le ofreció la mitad a su compañera de mutismo.
-¡Gracias! –dijo entonces ella, tomando con rudeza el trozo de galleta. 
-De nada –contestó él sin parar de sonreír mientras, con fruición, daba cuenta de su mitad.
Entonces los altavoces de la estación anunciaron la llegada del convoy. La señora se levantó furiosa y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!” Y sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió el bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta: allí, intacto, estaba su paquete de galletas…
 Moraleja: En la vida no importa quiénes seamos, ni lo que pensemos; importa evitar los prejuicios, desechar los ‘a priori’, y respetarnos los unos a los otros, aún en el disentimiento. Feliz 2017.