Un comemierda

Dalle que ainda bole’, me decía mi madre. Y también: ‘Has ir tras do coello ata o buraco’. Me recriminaba el querer buscarle siempre tres pies al gato. 
Aún colea lo de Fidel. Y sí, voy a ir tras el conejo hasta el agujero: El Comandante en Jefe de la revolución cubana, Fidel Alejandro Castro Ruz, era un comemierda. 
La historia lo absolverá. Como a Nerón, Hitler, Stalin, Kim Jong-un y tantos sátrapas que en el mundo han sido. Pero su legado es el que es, por más que plañideras internacionales se desahoguen en lágrimas de cocodrilo; por más que lo lloren muchos de sus conciudadanos (ninguno con menos de sesenta años ha conocido otra forma de gobierno), impelidos por los comisarios políticos. 
A las lloronas primeras, abro paréntesis: ¿De qué vais?, ¿de verdad ansiáis este esperpento de ‘socialismo o muerte’ -valga la redundancia- para vuestros pueblos?, cierro paréntesis. Reconozcámosle el que haya derrocado a Batista –aunque el verdadero adalid de la contienda fue Cienfuegos-, por lo demás puro postureo, ensimismación y narcisismo. Un payaso, embutido en un uniforme verde oliva, que le echó un pulso a los yanquis con la población como garantía; no tuvo reparos en llevar a su país al borde del holocausto cuando la crisis de los misiles y convertir La Habana en Nagasaki, o Santiago de Cuba en Hiroshima. Un fanático de sí mismo, bravucón de chiva y Cohiba, que ‘resistió’ el bloqueo americano, atrincherado en su mansión del Country Club, mientras su pueblo comía gatos, bebía Aedes aegypti y cagaba aire comprimido. Un bocazas de arenga y cartón piedra, que tiene el país sin comida, sin carreteras, sin infraestructuras y sembrado de consignas; que usaba el Granma (‘grandmother’, el barco con el que llegó de México) como periodismo de desinformación -una hoja parroquial tiene más pluralidad y menos dogmatismo- y la televisión mono canal, mono loor al bravo hijo de… Láncara (su madre no tuvo culpa alguna) como medio audiovisual para hacer proselitismo. A los segundos, que sienten de corazón su pérdida, recordarles que el de Estocolmo puede ser también un síndrome habanero.
Sometió a su país manu militari desde que bajó de Sierra Maestra: por este artículo hoy mismo a mí me enchironarían sin remedio, sin juicio y sine die. Lo mantuvo en un retraso de décadas y orgullo rancio: los semáforos, los coches, el sistema de alcantarillado, los edificios de La Habana son todavía los que dejaron los que se marcharon en los años 60; muchos, paisanos nuestros, que lo hicieron con una mano adelante y una patada en el culo. Lo único de lo que todavía puede presumir es de las mulatas, y para eso la mitad es aportación de los gallegos. Pero de ‘cuba libre’ nada; en Miami, los marielitos y todos los que lograron salir a nado de la Isla, a los cubatas les llaman ‘mentiritas’.
Lo suyo no es un régimen político, lo suyo es una casta: el ‘castrismo’; igual que en Corea del Norte la saga de los Kim. Lo suyo, de ellos, es una mafia con ejército.
Y sé de lo que hablo. Tengo una hija –política, en el buen sentido de la palabra- de las Tunas, que pronto me dará un nietecito. Amo al pueblo cubano como nadie. Pero Fidel, vuelvo y lo repito, era un comemierda.
Claro que ‘detrás de min virá que a mín bo me fará’. Y este ‘Trump-antojo’ es otro bufón full time y full equipe. Lo jodido es que éste, en vez de puro, tiene el botón nuclear entre los dedos.