Amor à contre-coeur

Amor à contre-coeur

Va partir el tren; en mi coche sube una señora enlutada; suben también con ella dos chicos, tres chicos, cuatro chicos, seis chicos –estoy citando a Azorín-. A mi derecha, sentado, muy grave, muy modoso, está un pequeño señor de cuatro años; a mi izquierda, una pequeña dama de tres; sobre mis rodillas tengo a otro diminuto caballero de dos. Va a partir el tren”.
Va a partir el Alvia; leo ‘Trasuntos de España’, de Azorín, el escritor de los puntos, las comas, las frases cortas (este año se cumplen cincuenta de su muerte). A mi lado viaja una señora joven, gorda, embutida en unos ‘leggins’ espantosos; (mal) educa a su retoño a voz en grito azotándole en mis tímpanos: “¡Mateo, siéntate! ¡Mateo, cállate! ¡Mateo, cómete el bocata!” Hemos salido de Ourense; el Alvia ya sobrevuela el río Miño; abajo lo vadean el viejo puente romano, el puente nuevo, el novísimo.
“Yo soy un pequeño burgués, grueso, jovial, paternal; el chico que llevo sobre mis rodillas me da palmadas en la cara con sus menudas manos carnositas” (Azorín). Yo, un ciudadano común y silente; piloto de aviones y helicópteros; harto de vivir colgado de un ruido; que decide ir en tren a Madrid, ahora que tiene tiempo para perderlo. “Una vaga ternura satura mi espíritu ante este hombre diminuto que puede ser un héroe de la patria” (En esto, concuerdo con Azorín). 
El tren sigue su camino. La señora sigue con sus gritos. Yo sigo con mi libro: “Ya no soy el pequeño burgués que tiene un huerto con parrales y viaja con dos, con cuatro, con seis chicos rubios o morenos: ahora soy el pequeño filósofo que acepta resignado los designios ocultos e inexorables de las cosas” (Azorín). Yo nunca me he sentido un filósofo; me gusta observar, mirar para adentro, charlar conmigo mismo: en este caso, por no oír a la señora gorda, vulgar, que grita a su hijo como para que la escuche el maquinista: “¡Mateo, come! ¡Mateo, para! ¡Mateo, mira que te arreo!” Entre ella y yo se ha establecido una corriente formidable de desprecio. 
‘Una madre debe instruir sin chillar –me digo-; si este chico no comprende una mirada, tampoco comprenderá los continuos rapapolvos que recibe’. Le hago un guiño; le enseño mi llavero: pone: ‘follow me’. “Si terminas la merienda es para ti”, le digo. El chico le da un mordisco al bocadillo, luego otro; desconfía de mí de arriba abajo. Yo finjo no fingir que soy su amigo. Al rato se acerca. Come. Calla. Ojea la revista que llevo sobre la mesita: ‘Mach 82’, atestada de aviones y helicópteros. Está feliz. 
El tren gatuña hacia los montes de La Canda; miro por la ventanilla: hay tanta naturaleza ahí afuera que hasta podría haber dinosaurios acechando. La señora vocifera: “¡Mateo, quieres hacer pis!”. ‘Madre es la que sabe criar, no la que pare’, me digo. Y le regalo al chico mi llavero. 
Atravesamos la meseta. “La noche va llegando: por Poniente el cielo se ilumina con suavidades nacaradas’ (Azorín). El Alvia, diez mil galgos desatados, no ceja en hostigar su propia sombra; la mujer al diminuto caballero: “¡Mateo, ponte el abrigo! ¡Mateo, baja con cuidado! ¡Mateo, dame la mano!” Amor à contre-coeur, se pierden por el andén ambos a dos. Sangra el cielo. ‘Avergonzado de lo que ve por el día, el sol enrojece por la noche’, escribo en mi cuaderno. Y me pierdo por Madrid…