Ahora vengo yo, y se las canto

Ahora vengo yo, y se las canto

Ahora vengo yo, a cantar sereno’, cantaba Gato Pérez. Murió joven. De un infarto. Como el alcohol minaba sus arterias escribía sus rumbitas ‘bajo los efectos del agua mineral’ (sic). Me gustaba. 
Ahora vengo yo, bajo los efectos de la quimioterapia, y les canto las cuarenta a los diseñadores del nuevo complejo hospitalario de la ciudad olívica: el servicio de oncología del Álvaro Cunqueiro es un fiasco. Llegas. Aparcas -menos mal que ya no existe el ‘cristo-park’ que propició Abel Caballero (el ‘aló presidente’ de Localia), ya dejó a sus huestes a los pies de la barrera: en demagogia tienen mucho aún que empeorar sus oponentes, para quitarle el bastón de mando a este pastor de ‘dinosetos’-. Subes. Sacas tu turno de consulta en el cajero sanitario. Esperas a que te saquen la sangre. Hasta ahí todo normal. Cibernético. El problema es que, inaugurado a bombos y silbidos no hace nada, no solo falla en lo elemental –la sala de espera es ridícula, no hay bancos suficientes, te sientas donde pillas, el acompañante en posición de firmes, todos de cara a la pared mirando a una pantalla, atentos a los guarismos de áspero pitido que te darán la vez en un código cifrado para que no te relajes ni un minuto: nada que ver con el antiguo ‘Hospital Xeral’, cómodo, próximo, diáfano, con vistas al optimismo, y con ventanas: te llamaban por tu nombre, te conocían, te buscaban los médicos en persona-, sino que falla también en lo vital: tu oncólogo y tú os tenéis que ‘reconocer’ cada consulta. En las últimas cuatro me tocó curiosear –y explicarle mis síntomas- cada vez a uno diferente que, a su vez, trataba de curiosear en un ordenador y ponerse al día con mi historia clínica. 
Ya sé que para cada tipo de cáncer existe un protocolo concebido; que es un pin, pan, pum; que son habas contadas; pero la confianza en un galeno, el que te llamen por tu nombre, el qué conozcan tu progreso, el que disipen tus temores, el que suavicen sus diagnósticos, también sana. El placebo de la confianza cuenta. Y mucho. Y no cuesta nada.
No me quejo. Constato: las enfermeras del servicio de oncología (lo más dulce, entregado, bondadoso, paciente y eficaz que parió madre) me lo cantan: ‘Esto es un cachondeo’. 
Entonces, ¿un pastizal para nada? o ¿un pastizal para alguien? This is the questiom...