¿A quién quieres más?

¿A quién quieres más?

Cansado de escuchar tantas opiniones, tantos comentarios, tantos razonamientos basados en la estupidez, voy meter también la cuchara en este borboteante puchero. 
 Un tal “Ger Gertzen” escribió antes de ayer en “Cartas al director” una especie de alegoría en este mismo periódico: “Los límites de la democracia”, la titulaba. “Seis personas se juntan y deciden hacer sexo”, comenzaba su relato. Esto pinta bien, me dije. Pero por la mitad ya se fue por los cerros del cinismo. Comparaba a España con los violadores de los Sanfermines de Pamplona, la deleznable manada. Y se preguntaba: “¿De qué le sirve a España seguir teniendo relaciones con Catalunya si es contra la voluntad de ésta? ¿Prefiere España la vía de la violación, el sometimiento y el abuso?”. Busqué en internet a ver quién era el tal Gert Gertzen y me encontré con una página web en euskera, en donde, en perfecto castellano, se definía a sí mismo como “Constructor de la nueva era”. “Irikinik ez”, o sea: sin comentarios.
 También anda por la A-140 de los tuits el kamikaze de Julián Assange. Sí, el de Wikileaks. El nómada de la embajada de Ecuador, que lleva cuatro años respirando moqueta, degustando Ferrero Rocher, conectado a las redes sociales, pero sin pisar la calle. Compara al pueblo catalán con el hombre que desafió a los tanques chinos en la plaza de Tiananmen en 1989. Por favor. Por fortuna, de ese ya se encargó Arturo Pérez Reverte, nuestro gudari patrio: “Es usted un perfecto imbécil”, le contestó por la misma vía rápida. 
 Decía Bernard Shaw que todas las grandes verdades comienzan por una blasfemia. Por no cagarme en la madre que parió a los políticos de uno y otro bando (ya es tarde: scriptum, scriptum est), dándose patadas en nuestros culos, contándonos milongas, azuzando a los mossos d’esquadra, malmetiendo a los alcaldes, escudándose en los funcionarios, amparándose en los togados (que son quienes resolverán la cuestión; aquí, de los políticos, la única que tiene huevos es la Carme Forcadell) paso a revelar un secreto de familia. Ved si os sirve de parábola. 
 Siendo yo chaval mis padres me pusieron en un brete de tres pares de cojones. Huelga aclarar que en mi casa no había cortinones de damasco, ni estancias herméticas, ni menos aún fontanas de agua que amortiguaran los coloquios. Mis mayores dirimían sus diferencias, casi siempre menores, casi consuetudinarias y siempre irrisorias en presencia de la prole, acostumbrada ya a tales escaramuzas. Aquel día mis hermanos no estaban presentes. La cosa fue a más. Se les calentó la boca. No me tuvieron en cuenta y se pasaron de frenada: ¡Separación!, clamaron ambos a dos (entonces aún no existía el divorcio). Y recurrieron al abominable referéndum: “¿Tú con quién te vas, con mamá o con papá?”. “Yo me voy de casa”, dije. Y rompí a llorar. A partir de ahí comenzaron a respetarme como a un adulto. Y a tratarme como a un ser pensante, no como a un idiota.