Pasar, pasa

El intento de asaltar el Parlament por parte de radicales independentistas no es un hecho menor por más que desde el Gobierno de Pedro Sánchez se intente rebajar lo sucedido durante la conmemoración del 1 de octubre en Cataluña.
Una conmemoración de el día en que con la Generalitat al frente un sector importante de la sociedad catalana decidió situarse al margen de la ley celebrando un referéndum ilegal y proclamando posteriormente una fantasmagórica república.
El problema de fondo es que han sido precisamente los dirigentes políticos que ocupaban cargos institucionales los que dieron alas y encabezaron la revuelta contra la ley, y parece que le han cogido gusto a desempeñar ese papel porque ya me dirán como se puede calificar que el ahora Presidente de la Generalitat Quim Torra arengara hace unas horas a los Comités de Defensa de la República pidiéndoles que presionen más y más.
Pero quién siembra vientos recoge tempestades y Torra se enfrenta a que buena parte de esos grupos de radicales que quisieron hacerse con las calles de Cataluña pidan su dimisión y le consideren tibio. Y es que le hacen responsable de que la policía les impidiera "tomar" el Parlament.
Ahora los líderes del independentismo que jugaron y manipularon los sentimientos y emociones más primarias de muchos de sus conciudadanos se ven desbordados por la situación.
Así las cosas la realidad es que desde hace demasiados meses Cataluña padece, entre otras cosas, de parálisis política.
Sus instituciones no funcionan porque quienes están al frente de ellas hacen dejación de su responsabilidad y en su agenda sólo tienen apuntada la palabra independencia. De manera que el Parlamento no funciona y la Generalitat tampoco, mientras, eso sí, los problemas de los ciudadanos aumentan.
En todo este caos hay que reconocer a Pedro Sánchez su esfuerzos por intentar restablecer la normalidad en Cataluña. No se podrá reprochar al Presidente que no está haciendo gala de una enorme mano izquierda al menos en este asunto y que cada paso que da y cada palabra que dice tienen como objetivo rebajar la tensión entre el Estado y esta Comunidad.
El problema es que los interlocutores de Sánchez en Cataluña, con Quim Torra a la cabeza, no son de fiar. Torra lo mismo aviva el fuego que se hace el distraído. Intenta nadar y guardar la ropa porque sabe que si traspasa ciertos límites irremediablemente se pondrán en marcha los mecanismos necesarios para revertir la situación. De manera que da una de cal y otra de arena.
Por su parte tanto PP como Ciudadanos elevan el tono pidiendo desde que se corte la financiación al PdeCAT, Ezquerra y la CUP o a que Pedro Sánchez presente una moción de confianza en el Parlamento.
Lo cierto es que Sánchez se la está jugando a cuenta de Cataluña. La opinión pública está perpleja y difícilmente comprende, y mucho menos le perdonará, que pueda siquiera plantearse, como sus ministros plantean, que se indulte a Oriol Junqueras y compañía que fueron parte del "golpe" que se perpetró contra la Constitución.
Casado y Rivera parecen creer que Cataluña es el talón de Aquiles de Sánchez, y puede que lo sea, pero también ellos pueden perder votos si se instalan en el histrionismo.
Me parece a mí que ni se puede ignorar, como acaso les gustaría en ocasiones al Gobierno, que en Cataluña pasar pasa y mucho, pero la solución tampoco pasa por echar más gasolina al fuego por más que quienes más gasolina vierten sean precisamente los líderes independentistas con Torra a la cabeza.
Pero ya estamos en el día después. Veremos que queda en el campo de batalla del 1 de octubre.