El Sahara, que vuelve

El Sahara, que vuelve

H ace justo 30 años tuve la oportunidad de visitar el Sahara Occidental y los campamentos de refugiados, donde sobre todo llamaba la atención la terrible sensación de provisionalidad y desamparo de las miles de personas que allí vivían, en lo más crudo del desierto. Entonces sólo habían pasado apenas 13 años desde la huida de España de la que había sido su provincia y de la inmediata ocupación por parte de Marruecos y Mauritania, que se dividieron el territorio. Fue uno de los momentos más penosos de la historia española y no se puede hablar en pasado, porque es todavía presente. Los saharauis no se rindieron y con enormes dificultades lograron trasladar población civil a la frontera con Argelia y montar un ejército de guerrillas que obtuvo enormes éxitos en poco tiempo. Entre otros logros, tomaron la capital de Mauritania, que reconoció a la República Saharaui (RASD), y forzaron a Marruecos a atrincherarse tras un muro de 2.000 kilómetros, que allí sigue. El ejército diplomático saharaui no se quedó corto y selló relaciones diplomáticas con 80 países y convirtió al Sahara Occidental en socio fundador en la Unión Africana, de la que salió Marruecos, que sólo hace un año pidió su ingreso. Ahora se tiene que sentar al lado de la RASD. El último triunfo ha sido el reconocimiento por parte de la Unión Europea, a través de una sentencia de su tribunal, de que las aguas saharauis, frente a Canarias, no pertenecen a Marruecos y por tanto, no pueden ser objeto del tratado entre el país alauí y la UE. Puede tener problemas para algunos de los barcos de la flota española que faenan en el caladero, pero esta es una de las consecuencias de mantener en el limbo un conflicto donde España es protagonista. Claro que con Zapatero fue mucho peor: incluso se hizo una foto en Marruecos con un mapa donde aparecía el Sahara. Que no es marroquí, lo dice la UE.