Abrir Vigo al mar, sí

Abrir Vigo al mar, sí

Abrir Vigo al Mar es una denominación perfecta y sonora, pero dio lugar a confusiones: nunca planteó demoler edificios para crear descampados sino convertir una zona que a finales de los ochenta estaba muy degradada -como tantas otras de la ciudad, por otra parte- en una plaza pública, una “sala de estar” o un “ágora”, como en ocasiones se le llamó. La idea era un modelo muy romano siguiendo la fórmula empleada con éxito en el Maremágnum de Barcelona: un espacio abierto rodeado de edificaciones públicas donde los ciudadanos pudieran realizar gestiones administrativas -la Xunta o el Puerto- y tomar un café, hacer compras o ir al cine. El programa se desarrolló con dificultades y finalmente quedó un tanto cercenado: por el camino -comenzó a principios de los noventa y se prolongó durante una década- algunas de las piezas previstas desaparecieron, algunas de mediana importancia, como el muelle de la Marquesina, y otras claves, como la demolición de la piscina del Náutico para crear una “ventana” ante la Ría. Tampoco se construyó el acuarama sobre el muelle de Trasatlánticos ni tampoco -y quizá fue lo más grave- se realizó la transformación prevista de la Estación Marítima, donde se contemplaban espacios de ocio, incluso un cine. Aunque andando el tiempo se han abierto bares y salas.
¿Se puede entonces considerar que fue un fracaso? En absoluto: y hay pruebas de ello. Una, que Abrir Vigo al Mar consiguió premios internacionales y el Nacional de Arquitectura, como un ejemplo de transformación urbana. Otra, que para los vigueses es su zona de encuentro, el foro para todo tipo de actividades sociales, administrativas y culturales. También para contemplar espectáculos como el Seafest o el Marisquiño, cuya continuidad debe garantizarse cuanto antes. Es lo mejor para la Muy Leal y para Abrir Vigo al Mar. Continuará...