El problema no es Felipe VI

El problema no es Felipe VI

Dentro de España dan ganas de llorar, todo son penas". Lo dijo el Rey Juan Carlos I de Borbón, de visita en la India, a finales de octubre de 2012. El país que incluso le daba pena a su jefe de Estado se quedó sin una parte importante de su economía --el ladrillo--, debido al estallido repentino de la inmensa burbuja inmobiliaria, y eso coincidió con una explosión de endeudamiento, más privado que público, que lastró --y lastra-- a España, hasta verse condenada a elegir entre la rebaja salarial y la emigración. Fue una burbuja inmobiliaria alimentada por el flujo intenso de capital y la liberalización del suelo, cuyo estallido se llevó por delante la solvencia del sistema financiero español.
Pero por lo que sabemos ahora el entonces monarca español no dijo en la India todo lo que pasaba en España y, menos aún, que aquellas penas y aquellos llantos fuesen con él. Juan Carlos I no solo vivía bien, como era propio de su condición de jefe de Estado, sino que se dedicaba a otro tipo de menesteres donde lo que menos debía darle era ganas de llorar.
El debate sobre la monarquía siempre ha estado abierto en la España democrática y seguramente lo seguirá estando un tiempo, hasta que se cierre. No se trata, pues, de simplificar con anécdotas un debate de tanto calado político. Menos aún de mezclar ese debate con las cloacas del Estado. Cada cosa en su sitio. Pero lo que es evidente es que, sea España una monarquía o una república, no puede tener una jefatura del Estado fuera de control, dependiendo casi de la buena voluntad del inquilino de La Zarzuela. Al actual rey, Felipe VI, no se le conocen semejantes devaneos, pero el análisis de este asunto no puede ser personal, sino que debe ser institucional. La jefatura del Estado exige unos mínimos que, visto lo visto, pueden incumplirse sin que pase nada.
El problema no es Felipe VI. Ni siquiera lo es Juan Carlos I, una figura digna de ser estudiada por los historiadores dado su papel en el franquismo, en la Transición española y en la democracia. Salga bien o mal parado de su relación con Franco, la sucesión, el 23-F, los negocios familiares, sus devaneos, etcétera, Juan Carlos no pasará inadvertido pero solo será historia. El problema es la jefatura del Estado.