Ante un cambio constitucional

Ante un cambio constitucional

Cuando se redactó la Constitución en 1978 no existían las autonomías como se conocen ahora -solo había una simbólica preautonomía en algunas comunidades- y España no había ingresado en la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE), la actual Unión Europea (UE), efectiva desde enero de 1986. Son, pues, millones los españoles que al no superar los 57 años no tuvieron ocasión de pronunciarse sobre la Carta Magna.
En este contexto de tanto cambio político y de una copiosa redistribución de competencias es comprensible que se observen desajustes de alcance en la maquinaria de las distintas administraciones y, por esa misma razón, que las nuevas instituciones traten de encontrar el mejor engranaje para atajar el conflicto o deshacerse del lastre. La distinción entre regiones y nacionalidades que hace la Constitución no siempre se cumplió -el café para todos no solo ofrece ventajas, también inconvenientes-, lo cual quizás también tiene algo que ver con las causas de la actual crisis territorial, por lo demás sujeta a los vaivenes que desató la reciente gran crisis económica y financiera.
La complejidad aumenta más, si cabe, a medida que se producen intervenciones directas de la UE o del Banco Central Europeo (BCE), fenómeno reciente pero de un calado extraordinario, debido a la gravedad de la crisis financiera de España, especialmente a partir de mayo de 2010.
En un momento dado se apeló a la crisis como pretexto para aplazar la reforma de la Constitución cuando resulta que la actual se elaboró en medio de otra gran crisis política y económica. La condición necesaria sería en todo caso que el nuevo consenso necesario no sea inferior al de 1978, pero no que hay crisis.
El temor es a Cataluña, dadas sus expectativas de cambio de estatus político, pero esta circunstancia se ha visto superada por el llamado procés. Hoy, una vez descontado el 1-O, no hay disculpa posible para no reformar y actualizar la Carta Magna. Todas las cartas están encima de la mesa y boca arriba.
Ni siquiera se parte de cero, ya que hay algunas cosas que prácticamente las asumen todos los partidos políticos, como el fin de la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión de la Corona, recoger en la Constitución el hecho de la integración europea de España, la reforma del Senado y la inclusión de los nombres de las comunidades autónomas en el texto legal. Y a partir de ahí queda el encaje de Cataluña, con las lógicas repercusiones que puede tener en las demás comunidades. No por ser difícil deja de ser un reto político histórico y apasionante.