Violencia en el deporte

Violencia en el deporte

En realidad se están minando las esencias de la vida deportiva. Muy posiblemente el barón de Coubertin se echaría las manos a la cabeza al contemplar los derroteros por los que se encamina esa actividad noble y necesaria que es el deporte. Ya son incontables los sucesos que acaban incluso en la muerte con motivo de cualquier confrontación deportiva. Y aún más: un político griego saltó a un terreno de juego con una pistola. ¿A dónde vamos a llegar? 
Se han ido haciendo célebres los llamados “ultras” de todos los equipos. Incluso potenciados poco a poco; y la arman un día sí y el otro también. Lamentable espectáculo que se pone de manifiesto con ocasión de partidos internacionales. Con objetos contundentes y llamativos se enfrentan hasta el punto de que pese a ser denominadas ciertas jornadas como “de alto riesgo” con cobertura policial incluida, al final acaban algunos en el hospital o en la muerte. Son realidades palpables que se están reproduciendo de una manera reiterada en muchos lugares. Aquello es la antítesis del deporte que debiera servir para relajarse y disfrutar. 
En realidad en la sociedad existe actualmente, a nivel mundial, una agresividad latente que se hace visible en el fútbol. Se rompe a través de esa violencia que se transforma así en una expresión de esa crispación. Necesario, imperioso sería cortar de raíz estas manifestaciones, pues de lo contrario nos estamos cargando el deporte. La justicia y los mismos clubes y competiciones debieran tenerlo en cuenta y cargar duramente, suspendiendo incluso a los equipos bajo cuyas siglas se manifiestan estos ultras. Debieran quedar fuera de cualquier competición oficial. Y del mismo modo la colaboración de los clubes debiera llegar al extremo de eliminarlos como socios y dejar de promover directa o indirectamente ciertos movimientos de signo violento.
El deporte es competición, es enfrentamiento en el campo luchando por el triunfo, lo cual es lógico, pero nunca alborotos anteriores o posteriores a esos partidos. O se toman medidas drásticas y duras o aquello irá a más hasta extremos insospechados. Del mismo modo, el control exhaustivo en el consumo de alcohol o cualquier producto creador de euforias fuera de lugar, vestimentas extremistas y objetos contundentes fuera o alrededor de los estadios.
Han sido ya algunos que han pagado con sus vidas estos excesos; incluso algún miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado en el País Vasco, o aquel gallego tirado al Manzanares. Son ya casos sangrantes que están pidiendo a gritos la mesura y verdadera deportividad. Y lo mismo debiéramos decir de las protestas ante los signos de paz y convivencia. Incomprensibles pitadas que están en parecida línea. Por algo en un país europeo se clausuró algún campo y se sancionó y eliminó un encuentro por desprecio al himno nacional. O se toman medidas serias de una vez o ciertas competiciones llegarán pronto a su fin.
Muy posiblemente lo de Grecia haya sido un punto de inflexión muy grave que debiera llevar a seria condena al señor que portaba el arma. Esos ejemplos cunden de manera veloz y cada día serán más difíciles de eliminar. Sé que algunos tal vez dirán que pretendo crear para esto una dictadura. Lejos de mi mente. Pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre. La policía, lejos de repartir caramelos a estos impresentables desestabilizadores, tiene que imponer el orden. Y bien que ya algunos miembros lo han sufrido en su propia carne, como el ertzaina vasco. A grandes males, proporcionados remedios.