¿Todos iguales?

Evidentemente la dignidad de las personas debe ser la misma. Igual valor tiene el último ciudadano que el rey. Son antes que nada personas y como tales respetables. Eso lo tengo claro. Muy claro. Pero admitiendo lo anterior es necesario reconocer que el respeto es algo fundamental y la compostura también al igual que las formas a adoptar en cada circunstancia. Les decía un profesor a sus alumnos el primer día de clase en el aula: "Aqui hay dos clases de personas, yo que vengo a enseñar y vosotros que estáis aquí para formaros". Muy cierto. Y hacer una igualdad en estos casos sería un despropósito con unas consecuencias más graves de lo que pudiera parecer.
Respeto a los pedagogos que eliminaron las tarimas en las que se ponía la mesa del profesor y al alumno, al salir a la pizarra, se le podía ver mejor. Lo respeto pero tengo mis dudas de la eficacia. Razones habrán tenido los que tomaron aquella decisión. Pero ahora el profesor muchas veces se las ve y desea para controlar a los alumnos aun estando de pie. Esta es la realidad que bien sé que de ella muchos discrepan, pero permítanme que diga lo que pienso.
Esa pretendida igualdad tuvo su comienzo y su fuerza introduciéndose en los planes de estudio a finales del siglo XX. Y puede conducir a vivencias sin contenido (que pronto son efímeras) y a ocurrencias de todo tipo que a nada conducen. Ni las vivencias, ni las ocurrencias sin contenidos llevan a nada; pueden cosechar adeptos del momento pero lejanía y frialdad pasado el tiempo.
Muy cierto que la autoridad debe entenderse como un servicio a la sociedad. Lo contrario sería una dictadura que nunca debiéramos aceptar. Será un servicio más o menos alto para los criterios de cierta sociedad pero bien entiendo que tanto el rey como el barrendero prestan sus servicios que deben ser reconocidos. Marginar a unos porque creemos que son de menor categoría es improcedente. Es necesario este párrafo para evitar malas interpretaciones de esta reflexión.
Una bofetada siempre es una humillación para quien la recibe y la da sea a quien sea. De todas las maneras improcedente. Pero hay connotaciones que es necesario tener en cuenta. Una bofetada y un maltrato (siempre rechazables) es diferente dada a uno o a otro. A una autoridad tiene un añadido. Una agresión a los padres o a una autoridad democráticamente elegida supone una ofensa a los electores, al pueblo que le ha elegido o una gravísima falta de respeto a los padres. Y ahí está la mayor gravedad. Diferente a la infringida a un amigo o a quien te ataca.
Porque en este mundo no todos somos iguales en la sociedad. Todos necesarios, pero desde distintas posiciones de servicio. Y en éste debe tenerse en cuenta la responsabilidad que es diferente en cada caso. Lo refleja muy bien Gardel en el célebre tango "Cambalache".
La vida, la sociedad, va colocando a cada uno en su lugar que debiera ser por méritos propios. El empresario gana más que el empleado y es lógico porque expone su capital y su riesgo y sobre todo el esfuerzo, si es honrado, con el que llegó a presidir la empresa y esto debe reconocerse a la vez que la responsabilidad del empresario le debe llevar a la participación con sus empleados y a cumplir los imperativos de la justicia social.
Vienen todas estas digresiones al contemplar como algunos se saltan a la torera el respeto, la educación y los principios otrora básicos y actitudes admitidas en el devenir de los tiempos. Porque esto ni es la selva ni la acracia en la que cada uno hace lo que le viene en gana. Igualdad, comprensión y cercanía, pero el padre siempre es el padre y el hijo es el hijo. El cariño nunca autoriza las faltas de respeto.