¿Una sociedad obsesionada?

¿Una sociedad obsesionada?

Sin duda alguna ya está todo dicho y más. Oímos opiniones para todos los gustos y el día de mañana los investigadores acudirán a las hemerotecas y allí perderán horas leyendo y observando lo acontecido en Cataluña en esta época. ¿Cuál es el problema? Según a quien preguntemos la respuesta será muy variada: ¿psicológico, sentimental, político, económico…? Una obsesión de décadas.
El terreno catalán ha estado preparándose desde décadas para lo que hoy ocurre. Aunque ellos se nieguen a admitirlo Cataluña durante muchos años ha sido un lugar de privilegio con inversiones que a otros lugares llegaron muchísimo más tarde. Y esto ya desde el régimen franquista. La primera vez que visité Barcelona, allá por lo años sesenta, me dio la impresión de que aquella sociedad era diferente, más europea y moderna. Se les han permitido una serie de privilegios que se niegan a reconocer. Es cierto que los empresarios catalanes de todos los sectores han ido por delante, recuérdese el sector textil, el alimenticio e incluso el editorial. 
A nivel político hay un hecho que muy claro: uno de los focos del nacionalismo catalán, la abadía de Montserrat y su influencia en la sociedad. El benedictino Aureli María Escarré, OSB (Arbos 15/04/1908- Barcelona 21/10/68) fue un controvertido y polémico abad que, al iniciarse la guerra civil, se exilió en una abadía italiana mientras 23 monjes eran asesinados en Montserrat. Acabada la guerra en 1939 fue de los primeros en regresar nombrándose a sí mismo prior. Con la ayuda de Franco, de quien era amigo y a quien introdujo en la basílica bajo palio, pudo restaurar toda la abadía. En 1945 se le concede la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Fue el iniciador de las homilías en catalán.
Escarré fue evolucionando hacia una postura crítica con el régimen. La polémica culminó con unas declaraciones concedidas a Le Monde en 1963 criticando al Estado. La Comunidad benedictina poco a poco le fue cuestionando, viéndose obligado a exiliarse de nuevo a Italia en 1965 y renunciado a la abadía en 1966. Sin permiso del Gobierno, que miró para otro lado, el abad Casiá Just, gran defensor de Esquerra, hizo las gestiones y de forma especial le trasladó a Barcelona a morir. Es uno de los símbolos separatistas como lo fue su sucesor Cassiá. Su despedida supuso un choque entre los separatistas y la policía tanto en Barcelona como en Montserrat.
Al final, su radical cambio ideológico le convirtió en abierta oposición al régimen y defensor de la lengua catalana. El 14/11/1963 se publica la célebre entrevista en Le Monde, dando los motivos de su exilio: “No tenemos 25 años de paz, sino 25 años de victoria”. Curiosamente Escarré tenía sensibilidad falangista y se había expresado años antes en términos muy elogiosos para Franco. La entrevista del abad dividió a la comunidad benedictina y fue cuando el Vaticano desterró a Escarré. La cuestión no era fortalecer el cristianismo en Cataluña, legitimar el catalanismo. Afirmaba: “España, y este es el gran problema, todavía se encuentra dividida en dos bandos”. “El Estado, el régimen, dificulta la expresión de la cultura catalana cuando la lengua se pierde, también la religión tiene tendencia a hacerlo”. “Somos españoles, no castellanos”. Después Escarré era rechazado por la comunidad monástica por sus excesos, autoritarismo, gastos suntuosos y abusos de poder, que le habían merecido una sanción del Vaticano. 
Escarré acaso fue el penúltimo eslabón del nacionalismo catalán porque antes había habido intentos separatistas que duraron pocos días saldándose incluso con la vida de personajes recordados como el mítico Companys. Pero de esto hablaremos otro día.