¡Qué guapo estaría en silencio!

¡Qué guapo estaría en silencio!

El afán de protagonismo, la petulancia y el creerse los reyes del mambo llevan a algunos al sumo desprestigio y al nulo reconocimiento público. Calladitos algunos estarían más guapos. La lealtad califica a los humanos. Aun cuando ya hemos colocado aquí la cita alguna vez, permítanme que la repita. Es sobre la virtud que revela grandeza y que es el saber callar. Porque callar cuando acusan, es heroismo; callar cuando insultan, es amor; callar las propias penas, es sacrificio; callar de sí mismo, es humildad; callar miserias humanas, es caridad; callar a tiempo, es prudencia; callar en el dolor, es penitencia; callar palabras inútiles, es virtud; callar cuando hieren, es santidad; callar para defender, es nobleza; callar defectos ajenos, es benevolencia, y callar debiendo hablar, es cobardía. Alguien escribió: “Aprende primeramente a callar para poder hablar con acierto y tino, porque si hablar es plata, callar es oro”. 
Callar las cualidades propias, es humildad; callar las buenas obras del prójimo, es envidia; callar para no herir la susceptibilidad, es delicadeza; callar las palabras inútiles, es sabiduría; callar para escuchar, es educación; callar a tiempo, es discernimiento; callar junto al que sufre, es solidaridad; callar cuando se ha de hablar, es cobardía; callar ante el fuerte, es sometimiento; callar ante el débil, es magnanimidad; callar ante una injusticia, es complicidad; callar cuando te humillan, es andar en la verdad; callar en los momentos de dolor, es virtud; callar ante la injuria, es fortaleza.
Mucho me temo, tras estos dos párrafos, que algún personaje español debiera conocer y reflexionar sobre ello. Su desprestigio se agiganta porque hablando a destiempo y evadiendo la responsabilidad que él tiene en las desgracias de otros está en la más alta cobardía. Porque además, los prepotentes se creen redentores cuando nadie les ha invitado a redimir y, por otra parte, la fidelidad a un pasado debiera ser la tónica.
Después de un muy largo silencio, cuando debiera echar una mano reconociendo lo que todos sabemos y que, además, ese silencio posiblemente sea la mayor causa para la división, llega ahora y sale a la luz para exponer unas ideas que nadie le ha solicitado. ¿Sería consciente este buen señor para reconocer el daño que ha hecho y hace al centroderecha español? ¿Sería capaz de asumir su responsabilidad en las causas que han llevado a la cárcel a algunos de sus amigos, a los que nombró y protegió? ¿Tendría la gallardía de reconocer la serie de palos que pone en el camino de su sucesor? ¿Tiene la dignidad de valorar la protección hacia quienes añoran el pasado en contra de manera sibilina, de quien ostentó legítimamente el poder? ¿Selecciona las amistades o busca simplemente proteger a los enemigos de quien debiera contar con su apoyo?
Muchas preguntas sin respuesta práctica para un sujeto que divide e incluso flirtea con formaciones políticas distintas a las que él otrora defendió. Y, tratar de “reconstruir” algo que él está fragmentando, cuando menos, es una infidelidad y puñalada trapera. Increíble personaje incapaz, repito, de reconocer que una gran parte de los males y caída del sucesor se deben a sus actuaciones en la sombra. Muchos de los invitados a la boda del Escorial hoy están en prisión y su corrupción ha salpicado de manera, al menos dudosamente justa, a quien ha tenido que retirarse de la escena politica.
Somos muchos los que reconocemos el cambio necesario de ciclo. Pero también más de uno tenemos claro que alguno se ha cortado el bigote y a la vez debiera dar un corte en la lengua para dejar de incordiar. Saber irse es una virtud.