Fiestas entrañables

Fiestas entrañables

Esta época del año son días para celebrar unas fiestas entrañables. Un canto a la amistad, el amor, la familia y también para la nostalgia de épocas y personas que se han ido. “Comprensión, respeto y el sostenimiento uno con el otro, como miembros de la única familia humana”. Eso es lo que ha pedido el papa Francisco en Bangladesh. “La visita es para todos, no solo para los cristianos”, determinado a enseñar “la dignidad de todo hombre y mujer y la necesidad de abrir nuestros corazones a los demás, en especial a los más pobres y necesitados”. Y se reunió en Myanmar con líderes budistas.
Me he preguntado en más de una ocasión qué mal fario acontece para que olvidemos el clima de estos días el resto del año. En esta ocasión me he propuesto pasar estos días con familias que sufren, unos por el paro y la pobreza y otra por el fallecimiento reciente de un ser muy querido.
Unas fiestas eminentemente religiosas en su origen que proviene precisamente de la suma soledad y pobreza de un portal calentado por una mula y un buey pero sobre todo por el amor de unos padres, unos pastores y unos ángeles que nada tenían más que un corazón inmenso capaz de amar y, desde la pobreza, rebosar de gozo y alegría. ¿Por qué actitud o hecho de la vida de Cristo se le puede criticar? ¿Qué versículo de su mensaje es criticable? Todo ese legado, resumido en las Bienaventuranzas lo mantuvo desde la cuna de Belén a la cruz del Gólgota sin marcha atrás fiel a todos. Amó y perdonó incluso a quienes le crucificaron. Con su fidelidad inquebrantable. Para ello me fijo siempre en un detalle que debiera hacer pensar hoy en día que nos movemos en medio de tantas infidelidades incluso de personas que creíamos intachables. 
Un día Cristo le dice a Pedro que le va a dar el Primado pero que tenga cuidado porque le va a negar tres veces y Pedro le promete ser fiel. Pasado el tiempo le niega tres veces, canta el gallo y la fidelidad de vino abajo. Pero después de la pasión y el abandono total de aquel elegido que ni apareció al lado de la cruz, una vez resucitado Cristo, lo que le había prometido se lo dio y el primer papa, ante el legado que le daba dejó clara su debilidad: “Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”. Me sigo preguntando cuántos tras aquella traición hubiésemos mantenido la palabra dada, la fidelidad que debiera ser ejemplo para hoy.
Pues bien, todo eso únicamente es fruto de un clima, de una cultura que impregna originariamente el clima y las fiestas de estos días, fechas para la reconciliación y restañar heridas y sobre todo para vivir en familia. Y un antídoto contra el materialismo, el consumismo feroz que se introduce en la sociedad de consumo y su infinita propaganda que, es necesario recordar, la pagamos todos. 
Todo ello corrompe las íntimas esencias de la Navidad. ¿Nos paramos a pensar cuanto se gasta en toda la propaganda que llega a nuestros buzones sobre todo en estos días? Si nos diesen el 0,01% de ese gasto viviríamos como marajás. Esa es la realidad. Pero estos días también encontraremos a la vuelta de la esquina a mendigos extendiendo la mano para un mendrugo de pan y sobre todo porque están solos tirados en la calle.
Acabo con una anécdota de hace muchos años. Volvía yo de la Misa del Gallo y en un semáforo estaba un mendigo totalmente borracho. Me acerqué y le dije: ¿Crees que es normal esa borrachera esta noche?, “Padre, ¿y no cree normal que me emborrache para olvidar mi soledad?”, me respondió. Triste.