¡El amor!

Uno cada día se mueve en asombros nuevos ante hechos que, a simple vista chocan. Hace unos días me desplacé a una ciudad gallega y, a la entrada un monumental cartel anunciando una llamemos “casa de moral distraída”… Textualmente dice. “El amor no existe… se hace”. Vaya descubrimiento, desparpajo y original anuncio de un lugar para la profesión más antigua del mundo…
Con el devenir de los tiempos hay palabras que poco a poco van cambiando el significado llegando a responder a algo totalmente distinto de su origen. Si nos fijamos, por ejemplo, en la palabra “retrete” veremos que en el siglo de oro se utilizaba para indicar lo más íntimo del corazón de donde salían los mejores deseos e incluso oraciones como recuerda la Santa de Ávila. Miren a donde llegó hoy en día el término. Con el “amor” está ocurriendo algo parecido. Poco a poco se llama amor a algo bien distinto y se utiliza para justificar otras cosas.
Amor es una de las palabras más nobles y hermosas de nuestro diccionario sin duda alguna. Indica la ternura de una madre, la dulzura de unos esposos, la alegría de la juventud. Darle otro significado en la práctica es, cuando menos un despropósito. A cada cosa por su nombre y nuestro diccionario castellano es muy rico a la hora de utilizar los términos del lenguaje de Cervantes. Lo otro sería convertirnos en depredadores de esa tan preciosa lengua.
Tal vez, se me ocurre, ese cambio viene dato también por la situación actual de este planeta en el que predominan las guerras, pululan los enfrentamientos, las divisiones y la sangre por las calles de muchos países. Esta es la realidad. Nos amamos muy poco, pasamos unos de los otros y vivimos en la cultura del “paso de “ para lo cual nos ponemos los “pinganillos” y ¡a vivir que son dos días! Pasamos al lado de los vecinos en las escaleras, el ascensor o en la calle y ni nos dirigimos la palabra.
Creo que ya les he contado una anécdota que me impactó hace años. Despedíamos a una amiga en una estación de Lisboa y, mientras era la hora del tren nos tomamos un café en el bar. Personalmente tengo por costumbre hablar con quienes atienden en el mostrador, con la cajera del supermercado o con la dependienta de cualquier comercio al que voy. Porque me parece muy frio que aquella persona esté allí y lleguen los clientes: “Buenos días. Un café, cuanto es? Hasta luego…” y así todo un día. Al final se convierte en autómata. Para eso voy a una máquina meto unas monedas y me sale una bebida.
Pues bien, aquella noche era ya tarde, tras el mostrador dos camareras y un camarero estaban con una cara de circunstancias que reflejaba el cansancio del día. Traté de alegrarles la vida hasta que conseguí, con un chiste, que tuviesen una carcajada. Pero cual será mi sorpresa que al acabar se acercaron a la mesa donde estábamos y nos dicen: “Si viene el patrón no les digan por favor que nos reímos porque nos echaría a la calle…” ¡Increíble!. Un reflejo más de la actual sociedad en la que brilla por su ausencia la cercanía, el afecto, la humanidad y en definitiva el amor. Muy triste. Grave error estratégico del dueño. Una persona risueña atrae.
 Sin duda el trabajo es una cosa serie pero nunca realizado con cara de pocos amigos. Eso nunca puede ser humano. Es convertirse en un tornillo más del engranaje de la sociedad capitalista, en definitiva es ser una máquina y el día en que se invente un artilugio mecánico que realice lo que hace una persona pues se la pone en la calle aunque se muera de hambre porque lo importante es producir y el amor, por lo que se ve es una moneda en desuso. Acaso por eso se le está dando otro significado bien distinto... La época navideña es para vivir el verdadero amor.