Cuando los peces vuelan al cielo

Cuando los peces vuelan al cielo

Estos días me he acordado de una manera especial –la recuerdo siempre- de mi tía Irene que fue mi segunda madre y siempre me acompañó hasta el final de sus días. La llevé muchas veces a Andalucía y en concreto a casa de nuestro común amigo Javier y su encantadora esposa Marita en Granada. Pues bien, creo que le gustaba ir y le encantaba aquella tierra de la Alhambra que por algo quedó escrito: “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Pero lo que más deseaba era comerse unos “pescaítos”, le encantaban y en varias ocasiones tuve que acomodar el horario para coincidir con una refección. ¡Qué sabrosos los pescaítos y qué bien los preparan en aquella tierra junto con las deliciosas gambas de Huelva. Y mire por donde se ha puesto de moda y toda España conoce la palabra. De cualquier especie pero juntos hacen un almuerzo o una cena espléndida. ¡Son muy buenos los “pescaítos” andaluces y nadie como los de aquella tierra lo prepara igual.
Claro que para ello, para ese buen manjar, es necesario retirarlos del mar muy pequeños pero lindísimos ellos. Yo creo que, si tuvieran inteligencia, de buena gana entregarían su vida dejando el agua salada del mar para endulzar a tantas personas que se deleitan con ellos. ¡Los “pescaitos”! Mueren a tierna edad para hacer gozar a quienes les saborean. A todos les encantan esos “pescaitos” que se comen enteros, se les aprovecha todo. Incluso su encantadora sonrisa si fuesen capaces de sonreír. Son inocentes, sin haber tenido ni tiempo de hacer mal a nadie, ya sean tiburones, brujas o lo que fuere. Incapaces de hacer mal a nadie y menos de luchar o pegar a los mayores. Mal debe andar el mundo cuando, con sofisticado paladar, se desprecia a cualquier “pescaito” cuando acontecen hechos sangrantes, desgarros impagables de corazones con rabia contenida. 
¿Qué más se puede decir de todo cuanto pasa a algunos peces tan pequeños? Está todo dicho y sobre todo se han elevado al sumo nobles sentimientos de una humanidad reiteradamente acosada y lacerada por todas partes con casos similares. Unos padres destrozados por la traición y el sinsentido de una cruel muerte de un “pescaito” absolutamente inocente y que –eso sí- hoy gozará de la verdadera alegría de los ángeles aun cuando las lágrimas, aquí abajo, cubran los rostros de un pueblo consternado. Jugará con sus “pescaitos”, como recordaba su madre, en la compañía de los ángeles.
El obispo González Montes le dio un: “Adiós, Gabriel, niño alegre y bonito, sonriente, que a todos nos ha cautivado esta muerte sin sentido que refleja la enfermedad del corazón humano El pequeño Gabriel no necesita nuestra plegaria. Dios ya lo habrá acogido en sus brazos, como acogía a los niños que se acercaban a él, pero sus padres sí lo necesitan”. Sus padres, Patricia y Ángel, han dado una lección de humanidad y ciudadanía y fe increíbles como recordaba el párroco de Nijar: “Gabriel no tuvo tiempo de que su corazón se pervirtiera de la maldad que alcanza el corazón de los adultos. Que la sociedades se tornen más humanas y capaces”. 
Quisiera acabar con las palabras de Patricia, su madre: “Adiós pescaíto. Te queremos, nunca dejarás de nadar en nuestro corazón. Tú sólo sé feliz. Has ganado no sólo porque había desaparecido la bruja mala del cuento, sino por la cantidad de gente que ha juntado y de las cosas buenas que ha sacado de todos nosotros. Sabemos que estará jugando con sus peces y la bruja ya no existe y, por favor, sacadla todos de vuestras cabezas". Y se ha mostrado la categoría de esta madre de una manera clara. Ha dicho últimamente: “En memoria del pescaíto pido que no se extienda la rabia, que no se hable de la mujer detenida”.