¿Argumentar o vociferar?

¿Argumentar o vociferar?

Hay días en los que uno se ve atosigado con los temas para esta sección, pero otros en los que, para no reincidir en lo mismo, tenemos que escudriñar en el archivo que dice un ahijado mío que es bueno. Tal vez. La profesora de inglés del instituto donde imparto clases, Isabel Celis, discreta y buena persona, estaba en la sala de profesores corrigiendo exámenes y me dio la idea para hoy acaso porque en lo que estaba corrigiendo encontraba más divagaciones que contenidos serios. Se hacen afirmaciones y sueltan frases sin dar razón de ellas, sin argumentarlas. Hoy en día algunos se dedican a vociferar a hablar y enrollarse sin decir nada.
Lo mismo que decía mi recordado y querido Don Manuel Gil Atrio cuando al examinar a algún alumno le repetía: “Cíñete, cíñete, porque tú hablas pero no dices…”. O lo de aquel otro amigo que solía decir que las razones de algunas argumentaciones están en relación inversa al volumen de su voz cuando las aduce. Clarísimo. Cuanto más gritan algunos menos razón tienen y si la tuvieren la pierden con sus gritos. Hoy algunos en vez de argumentar vociferan, elevan sus decibelios. 
Personalmente me aburro en conferencias y sobre todo en algunos debates, incluso en el Parlamento. Como si la gente fuese allí para oírse y que le oigan, pero sus contenidos son nulos y sus argumentaciones muy pobres. Y acaso por eso la clase política se está desprestigiando a velocidad de vértigo. Al personal para nada les interesan las divagaciones reiterativas de algunas señorías. Hablan sin conectar con los problemas reales del pueblo, sin responder a las necesidades de cada momento. Se enzarzan en temas muchas veces secundarios. Nunca como en la época actual se habló tanto, se publicaron tantas cosas, se editó tanta bazofia que a nadie interesa. Se pierden infinidad de horas en digresiones baladíes.
El fondo de la cuestión radica en la escasa formación que muchos poseen. Una ignorancia y falta de contenidos elementales fruto de una formación muy deficiente. Se les ha formado y fomentado la cultura de las ocurrencias y vivencias sin contenidos serios y entonces sucede lo que comentamos. Se ejercita poco la memoria primando el recorta y pega pero se olvida que la ejercitación memorística ofrece grandes posibilidades para la vida del día de mañana.
Un ejemplo claro son las poesías. Hoy en día es casi imposible que un adolescente te recite de memoria una poesía, te recuerde un soneto o recite algunas piezas clave de la literatura. ¿Cuántos se saben alguna poesía? Posiblemente la pedagogía actual va por otros derroteros que acaso sean mejores, pero sigo defendiendo que la memorización es necesaria. Hoy se viaja y se conocen “in situ” lugares que antes de estudiaban solo en los libros, ¿eso es mejor? Tal vez. Nunca entendí, que para tener un viaje, llamado de estudios, haya que atravesar las fronteras mientras los interesados apenas conocen las bellezas de su pueblo. Creo sinceramente que es un grave fallo. Y por eso después se habla y vocifera, se canta en otra lengua distinta a la nuestra y se valora lo ajeno minusvalorando lo que incluso ni se conoce alrededor.
Es una nueva cultura, la de la palabra y también la de vociferar, la del ruido ensordecedor, los gritos por doquier y las costumbres foráneas que empobrecen la cultura autóctona que en gran parte se desconoce. Triste realidad de una cultura nueva que será mejor pero que lo sería más si a ella se le infunden contenidos serios y razones de peso sin quedarse en la hojarasca de la palabrería hueca y vana. Las personas bien formadas al hacer una afirmación dan razón de ella con argumentos sólidos. Lo contrario es la vana palabrería que hoy tanto abunda.