Aquella herencia envenenada

Aquella herencia envenenada

Hace algún tiempo en una de esas tertulias que menudean en nuestros canales televisivos uno de los contertulios lanzó una idea que yo comparto totalmente. Hablaban de la imposibilidad en España de construir grandes coaliciones y afirmaba uno que los grandes pactos se dan en gran parte de Europa pero que aquí es imposible porque somos deudores aún de algunas actitudes del régimen anterior.
Muy posiblemente una de las peores lacras de aquel régimen haya sido la división de la sociedad española. Una guerra civil siempre es pésima y contribuye a crear dos sectores que perpetúan sus divisiones durante siglos. Son los vencedores y los vencidos. Aquellos incapaces, tras su victoria, de tender puentes, olvidar y mirar adelante y esto se va trasmitiendo de padres a hijos de forma reiterada. Y quien paga las consecuencias es la misma sociedad. En el fondo es la falta de generosidad la negativa al perdón y en suma la renuncia a entenderse eternamente. En una confrontación civil pierden todos, pierde la misma sociedad que tarda en recuperarse. 
Y lo estamos viendo en España. Como unos y los otros se niegan en redondo a grandes coaliciones como la que acontece y da la gobernabilidad en Alemania o incluso en cierta manera lo que ocurre en Italia en estos momentos donde han pactado formaciones de ideologías totalmente opuestas. Y es porque de lo que se trata es de responder a las exigencias del pueblo.
Aquí todo lo contrario, mostrándose reminiscencias de aquella guerra “incivil” de hace más de ochenta años. Muy triste que en el siglo XXI aún algunos sigan sintiéndose los “victoriosos” de aquella etapa dividiéndose en dos grupos: “los nuestros” y “los otros”. Las consecuencias las pagamos todos contemplando increíbles divisiones y negativas a resolver de una vez los problemas reales del país. Dialogando solo con los “nuestros” y negándose en redondo a ver los puntos de coincidencia de los “otros”. Porque siempre, y más en una lucha encarnizada, la verdad nunca está totalmente de una parte. Los demás también, pensando distinto, poseen elementos válidos y ciertos. Reconocer las virtudes de los que piensan distinto enorgullece a un pueblo.
Y esto lo vemos en los debates parlamentarios. Se me hace difícil asimilar las rotundas negativas de los grupos a la hora de votar propuestas de los demás y aprobando unicamente las propias.
Como decía uno de los contertulios de una mesa redonda, estas actitudes son reminiscencias de aquella tan triste confrontación aún sin superar del todo. Aquellos dos bandos irreconciliables entonces se traslucen, tras varias generaciones, en actitudes que hacen difícil los entendimientos y sobre todo la altura de miras. En suma, el régimen anterior fue sosteniendo aquella división que ha sido y es nefasta para la España actual y así nos va.
En aquella misma tertulia televisiva uno afirmó que la Transición hubiera sido mejor si hubiesen colaborado tres pilares que muchas veces se manifestaron enquistados en el pasado: la Judicatura, el Ejército y la Iglesia. En aquel momento hemos podido comprobar como, salvo raras excepciones que pagaron muy caro, su colaboración ha sido muy lenta. Baste recordar el rechazo de un gran sector del Ejército a Gutiérrez Mellado y el desplante de otros a la legalización del PCE, así como una notable parte de la Iglesia a Tarancón.
Pues todo aquel caldo de cultivo sigue generando radicalismos que impiden necesarios pactos de Estado como en otros lugares y que sería bueno para el país. Se dialoga únicamente con los “nuestros” marginando a otros que también pueden tener muchas cosas positivas si colaborasen.