La democracia

Edgar Pisani no hace mucho escribió que "sabemos que la democracia, tal y como hoy la vivimos (...) llevará al poder a hombres y mujeres cuya principal calidad no será precisamente la excelencia, sino la mediocridad. (...). Estamos lejos de aquello que constituía la ambición de las democracias nacientes: que la elección de todos distinguiera al mejor de todos". En estos años, como consecuencia del ascenso de la mediocridad y de la banalización de la demagogia y la superficialidad, se ha ido agostando una de las principales funciones de la democracia: dar sentido a las cosas haciendo a cada hombre responsable más allá de los estrechos límites de un horizonte cotidiano.
En este contexto la democracia moderna,  hija de la fe en la razón propia de la época de la Ilustración, debiera facilitar que la racionalidad presidiese la discusión de los asuntos públicos. Discusión que, lógicamente, debería orientarse hacia los fundamentos más racionales, aquellos que puedan contribuir a la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.
Sin embargo, la constatación de lo que pasa nos invita a volver nuestra mirada sobre la civilidad, la vida intelectual y la honradez moral. Porque, sin valores,  falla el fundamento de la democracia y se conforma todo un ambiente social en el que las personas quedan presas del consumismo individualista, prende la demagogia,  y  con suma facilidad aparece el dominio o dictadura de lo conveniente o políticamente correcto en el que quien se atreve a desafiar tales dogmas es condenado al aislamiento civil en el mejor de los casos. 
Quizá lo que se está perdiendo son esos hábitos vitales de la democracia que, en opinión de  Devey, se resumen en la capacidad de perseguir un argumento, captar el punto de vista del otro, extender las fronteras de nuestra comprensión y debatir objetivos alternativos. 
Hoy sin embargo, lo que está de moda es el pensamiento único, el pensamiento plano, el no pensamiento. Y así nos va claro.