La aportación galleguista

La aportación galleguista

Ante el desafío independentista y ante la reacción españolista, el galleguismo me parece que puede aportar ideas y experiencias bien relevantes. El diferencialismo suele provocar unitarismo y viceversa en una aplicación mecánica del pensamiento bipolar que tanto daño ha ocasionado a España y a los españoles durante demasiado tiempo.
 El vuelco que ha dado España en lo que se refiere a su articulación territorial es verdaderamente impresionante. Los que recuerden los tiempos del franquismo, en los que una uniformidad cultural monolítica pretendidamente española, que no era otra cosa que el invento de un régimen político con todas las excepciones que aquí se quieran señalar, que a buen seguro serán muchas y notables-, serán quienes mejor puedan testimoniar el alcance, la profundidad de esta transformación.
Y esta experiencia, que arranca del mismo acto constituyente, ya que afecta a la misma identidad y concepción de lo que es España, es un acierto que viene avalado por la multitud de beneficios derivados de tal planteamiento. Sobre todo dos, que a nuestro juicio se perfilan como los fines que sintetizan los objetivos de la acción política: la libertad y la participación. El Estado autonómico, en efecto, ha facilitado y propiciado un más alto grado de participación política, habida cuenta del mayor acercamiento y proximidad de la cosa pública al ciudadano. Y mayores cotas de libertad también  congruentemente con lo anterior- porque ha supuesto un refrendo político para la realidad plural española.
 Esto es lo que verdaderamente interesa del proceso autonómico, lo que significa como plataforma para despertar las capacidades creativas de todos los españoles, desde su propio genio, desde su propia condición e identidad libremente asumida. Estamos convencidos de que las potencialidades ocultas en esas capacidades aún no plenamente operativas  si sirve la dicción- son de un alcance difícilmente imaginable. Y no lo decimos por una ensoñación  complaciente, sino por la convicción que se deriva del hecho de estar en los umbrales de  una nueva civilización que sólo se podrá construir sobre los supuestos económicos, informativos, relacionales, de la globalización, y sobre los culturales de la autoidentificación, tal y como plantea el actual galleguismo.
Hablar de identidad, de  cultura, de autoidentificación,  como lo hace el galleguismo, no es referirse a una suerte de superestructura, de adorno superfluo o de elemento extraño que no afecta a la vida productiva. Hablar de autoidentificación, de identidad es referirse a factores que son claves para el desarrollo de un mundo cada vez más globalizado y más  dominado por estructuras informativas que podríamos denominar ecuménicas. Problemas tan importantes para el mundo del futuro inmediato como la integración  social -o su contrapuesto negativo, la marginación-, o la solidaridad, que no es sino un enunciado más comprensivo que el anterior, sólo podrán resolverse adecuadamente desde el respeto a la diferencia como un valor fundante de la nueva civilización, y desde la aportación diferenciada que la propia  identidad permite al conjunto en que nos integramos. En esto radica la esencia del galleguismo, hoy, de nuevo, de palpitante y rabiosa actualidad.