Perro no muerde a perro

Perro no muerde a perro

Tenía mi “Diccionario ideológico” de Julio Casares, que tantos traslados ha hecho conmigo, arrinconado por antiguo: Se hizo el depósito legal en 1966. Ahora resulta que lo que no hacen otros libros del mismo jaez con  mucha prosapia me lo resuelve el, que define entrar  a por uvas de la manera que entiende mi sesera en este discurrir semanal que empieza hoy. O sea, “arriesgarse a participar en un asunto”. No he venido al mundo a hacer de don Tancredo, que los taurinos saben que es aquel payaso vestido de blanco en medio del ruedo y que esperaba quieto al bicho, convencido de que no le atacaría. Lo vi alguna vez en aquella placita, Vista Alegre, instalada en el medio y medio de los Carabancheles madrileños.


Dicen las mocitas que el primer encuentro es el que mas se recuerda, pero no aspiro a tanto en estos cinco mil y pico caracteres. En mi memoria está un orensano,  Luis González Seara, que llegó a ministro de Universidades en la transición, pero le recuerdo mas como catedrático de Sociología y sobre todo por sus artículos, que si la memoria no me es infiel, y espero que no lo  sea después de tantos años juntos, publicó mas de una vez  en el periódico y la revista de un grupo de comunicación que el llegó a presidir.


Algún contacto tuve con Seara en las primeras elecciones democráticas para las Cortes. Corroboré lo que ya daba por hecho: aquel sociólogo era el campeón del anticorporativismo en un país en el que personas e instituciones se enrocan para que le cueste mucho trabajo a los demás entrar en los dominios del que se defiende rodeado de murallones. Que piense cada cual en los colegios profesionales donde los colegiados parecen caballeros cruzados que defienden su causa a mandobles, aunque no causen heridas sino en el orgullo. Así, alguna de estas  instituciones llegan a hacer facturas de sus colegiados, o a exigir la colegiación para actuar profesionalmente. O mil triquiñuelas mas que se inventan por tener derechos históricos.


El problema no es solo de colectivos, aunque parezca increíble atañe también a las personas. Se postula uno como ejemplo, y aquí no entran mas que los que yo quiera y que se parezcan a mi. Se empieza por eso y se cuestiona la existencia misma de los emigrantes y de los telespectadores de otra cadena que no sea la suya. Como si la generalidad de las televisiones, además de hacer espectáculo de todo, incluso las públicas que tanto nos cuestan a cada uno, no excluyan por su ideología manifiesta a los que no piensan como ellas. Las tertulias televisivas son el paradigma  de esos espacios cerrados, que en ocasiones se han dedicado a lanzar al ruedo político una fuerza de izquierdas con un patrono de derechas, que Dios tenga en su gloria.


Ya, habrá quien diga que los periodistas nos miramos el ombligo, pero por ahí yerra el que tal piense. Esta es una profesión  que defiende en los medios a cualquiera que tenga un problema, pero rara vez verá que defendemos  los problemas de nuestra profesión.
Hay dos dichos que tienen larga vida en el periodismo, que lo corroborará Internet. Uno es el de los tres profesionales unidos porque empiezan por pe y tienen algunos rasgos comunes. Son, según una conseja muy antigua, periodista, señorita de compañía y policía. Aquí no hay horario infantil, que mas bien se respeta poco, pero el buen gusto tiene sus exigencias y al fin y a la postre esas señoritas llevan la pe en compañía.


Otro consejo de la vieja que afecta a los periodistas. “Perro no muerde a perro”, que se lo he oído a varias generaciones de esta profesión mía. Lo cual quiere decir que he convivido con unas cuantas. Se trata en definitiva,  de que si tenemos uñas o dientes, los empleamos con los que están fuera, pero les damos paz para no tener una agarrada con uno de los nuestros. Si se dice, con razón, que el derecho no es de los profesionales que escribimos, sino de los receptores, sean lectores, radioescuchas o televidentes, medios transmisores que adornan mejor o peor su producción, la denuncia motivada de un colega es obligada, que no es mas que un agente de la autoridad que deja pasar el contrabando en la frontera o el funcionario que ha sido colaborador necesario de un político guindón. A estos les sacudimos en cuanto se ponen a tiro.
Habrá quien diga para si que soy un coletas de salón, que los problemas si acaso los diagnostico, y nada he dicho de las soluciones para erradicar ese corporativismo que niega los derechos de los demás en beneficio propio. Este es uno de esos innumerables obstáculos a la convivencia que es mas de talante que de talento, que reclama una  educación para la convivencia razonable y humanista. Un problema de los que no se arreglan con el Boletín Oficial del Estado. Pero, usted mismo que  ha tenido la paciencia de leerme, dirá algo muy parecido a lo que yo digo innumerables veces: educación, sí, pero hasta que se educa, proceso bastante largo, ¿que hacemos? Ahí me ha pillado y pillará a cualquiera: el bálsamo de Fierabrás, que todo lo cura, se ha quedado en las páginas del Quijote, y de ahí no sale.