No se dé usted una castaña por San Martiño, disfrútela

No se dé usted una castaña por San Martiño, disfrútela

No se de usted una castaña, sea en San Martiño, tan próximo, o en cualquier otro momento. Este fruto del castaño, en una de sus acepciones, en el “Diccionario da Lingua Galega”, de Ir Indo, es “golpe, sobre todo na cabeza”. Y en mi preciado “Diccionario de uso del español”, de María Moliner, en su acepción número 8, se refiere a la castaña simplemente como “Golpe”. Cierra la entrada que nos ocupa con “¡Toma castaña!”, que hay que entender como “Expresión con que se muestra satisfacción (sic hasta aquí) ante un mal ajeno, generalmente por considerarlo merecido, o por algo que llama la atención a causa de su valor o mérito”. Servidor, diría “expresión con la que se muestra satisfecho”, para no caer en el doble final ón/ón. Lamento cualquier corrección a los colaboradores de la señora Moliner, que haberlos haylos, porque ella falleció en 1981 y mi edición es de 1999, la segunda.  
Mi adolescencia madrileña, aproximadamente a los catorce años, fue un hartazgo de casquería, en las verbenas,  especialmente San Isidro. El santo que tuvo la gran fortuna de que un ángel le hiciera su trabajo en la trilla. Para los de cultura solo urbana, que no conocen los pueblos, decir que la Real Academia Española (RAE) trillar es “Quebrantar la mies tendida en la era, y separar el grano de la paja”. ¡Qué quebranto! Recogido del “Diccionario de la lengua española”, en su edición del Tricentenario.
Pero dejemos el hartazgo de diccionarios y vamos con las vísceras, comidas como un manjar allá por los años cincuenta en el Madrid de la Virgen de la Paloma. Las mollejas eran las reinas de aquel cono de papel de periódico que contenían la casquería, ¡un lujo!  También se prefería en general los callos, no a la madrileña, y luego: riñones que a veces sabían un puntito a orina; sesos, tripas, manitas y algo que se parecía a los chinchulines, y nunca he sabido lo que era. No para hacer la digestión, que no había el caso, sino para competir, alquilábamos unas bicis con las que remontar la cuesta del Santo, o sea San Isidro. Los niños gorditos, como era mi casa, teníamos difícil agarrar el manillar y volar, y remontábamos la subida llevando a la bicicleta a empujones, lo contrario a lo natural, que sería que nos llevara ella a nosotros. El descenso, que parecía enfrentarnos a algo superpeligroso, con una pendiente que ni Federico Martín Bahamontes, el gran ciclista de los cincuenta, se atrevería con aquello. A algunos, el análisis de la situación nos aconsejaba no intentar una machada, que lo admite la RAE y nos quedamos con la segunda acepción, que alude a la valentía; las otras dos son poco menos que insultantes para el que haga la machada. En resumen, perdíamos las cuatro perras del alquiler de la bici y la autoestima rodaba por los suelos.
De las castañas hay que decir que en aquellos cincuenta y ahora hay puestos con el producto calentito, algunos  semejan ser una locomotora que echa humos. Vigueses y madrileños gozamos de la misma oferta, sin embargo me dicen algunos amigos que vivían en Vigo mediado el siglo pasado, que ellos no compraban la casquería en la calle.
Vamos con ese producto exquisito del castaño. Según una información de hace una semana, Ángeles Vázquez, conselleira de Medio Rural en funciones, se llegó a 20.000 toneladas de recolecta de castañas la temporada pasada, que empezó en octubre de 2015. La agencia Efe, nos decía el 27 de octubre de 2016, hace poco, pues, que podíamos llegar a 15 millones de kilos, siempre que el hombre del tiempo anuncie clima propicio para la recolección. Además, que se cumpla la predicción.
La castaña y Martiño, el próximo día 11, tan cercano ya, son una misma cosa. Si San Martín es de Porres, es Fray Escoba, tuvo hasta película, dirigida in illo tempore por un gallego llamado Ramón Torrado. En mi calendario esa jornada se santifica con San Martín de Tours. Aunque parezca que el santo tiene muchas advocaciones, lo cierto es que hay mogollón de ocupantes del santoral, que tienen mil diferencias en su nombre, mas bien en su apellido. Si queremos progresar en eso de las invocaciones, cogemos un exquisito martiño de nuestros mares, le anteponemos un san y pasa a ser San Martiño con espinas. A rezarle porque los recolectores de nuestras castañas mantengan la calidad, que parece que hace poco mas de una docena y quizá menos de cincuenta, ha comercializado castañas manifiestamente mejorables.
Por estas fechas me acuerdo de José Posada, que ha mimado dos productos de la tierra, los vinos gallegos y las castañas de la tierra, glaseadas. En Nadal y  en algunas otras fiestas señaladas, como mi cumpleaños, siempre tengo algún hijo que me homenajea con un bote de cristal que contiene marron glacé, presentado como el lujo que es. Posada, fue el creador en Galicia del glaseado de la castaña. Se había casado con una  catedrática del pais, Carmo Enriquez Salido, y le presento mis respetos a esta amante de todo lo gallego, a la que conocí en la capital de Galicia, entre 1970 y1972. 
Aviso final. No se de la castaña, que duele, saboréela, que es un gustazo.