No todas las palabras son nuestras

No todas las palabras son nuestras

Apostaría doble contra sencillo que el vocabulario que empleamos habitualmente se ha reducido con relación al de 1973

Jarko Cerha, un señor  al que no conoce nadie, incluido yo, es o era checoslovaco, residente en Suecia desde1948. Lo  que sí se de Cerha es que creó una fundación para investigaciones variadas. En 1973, en la revista IP, de publicidad, escribió sobre el transmisor  de información y dejó esta aseveración; “La capacidad para recibir cualquier tipo particular de información depende –entre otras cosas- del equipamiento simbólico del  individuo. El vocabulario activo de un ama de casa normal es de aproximadamente 4.000 / 7.000 palabras. Un buen autor se dice que domina alrededor de 40.000 palabras. Pero uno solo de los grandes almacenes de Estocolmo, NK, vende alrededor  de 300.000 artículos diferentes (…)”
Naturalmente, estas afirmaciones no las saco de la chistera. Están en una de las fichas  que hice de casi todo lo que caía en mis manos por entonces: libros, prensa… Debió interesarme mucho lo de Cerha porque no conservo solo una cartulina de 15 X 10, las mas frecuentes de quien usa  fichero. En este caso fueron dos grapadas  entre sí.
Seguro que menos científicamente que el checoslovaco, ya entendemos por qué amas de casa y caballeros encopetados, cuando se paran  en un rincón del gran almacén dicen, con imprecisión abrumadora; “Me da usted la cosa esa de la segunda estantería”, o “Deme usted esa fruta verde”, si está en una frutería y no repara que hay unas cuantas frutas de tal color.
¿Qué hacemos, nos rendimos, leemos mas? Porque necesariamente alguien de nuestra casa vivirá el trance de dominar  cuatro mil palabras, usándolas con frecuencia, frente a los trescientos mil objetos con nombres que en su mayor parte no sabemos nombrar. He contrastado mi conclusión con varios profesionales de tres gremios, y la conclusión que he elaborado dice que esos que se preocupan tanto porque nos invada el inglés –que me desagrada, como toda invasión-, esos, digo, deberían estar inquietos ante la evidencia de que la gente del común cada vez utiliza menos palabras. En el tiempo en que estuve en Facebook, no recuerdo porqué salió el tema de un microondas, y yo salté al ruedo llamándolo calentador. El periodista andaluz José Antonio Gaciño, varios años residente en A Coruña, que  ahora vive en Andalucía jubilado, se mostró satisfecho porque alguien empleara una palabra como calentador, tan hermosa y en la pendiente del desuso. Se lo agradecí calurosamente.
Apostaría doble contra sencillo que el vocabulario que empleamos habitualmente se ha reducido con relación al de 1973. Claro que en el mundo del lenguaje, donde tan importante es la escuela, el niño de tres años al que un día enseñan las vocales, cree que domina el mundo, porque su mundo, en cuanto a escribir, otra cosa es hablar, no pasa de ahí. 
Quiero saber cual es el panorama de nuestro lenguaje habitual.  Me quedo en 2005, un texto de Arturo Cenzano, periodista, difundido en Cinco Días vía internet, dice lo que sigue: “El hablante de español utiliza menos palabras”, reza el titular. Luego comenta la pobreza de lenguaje en algunos países hispanoamericanos. Ya en España, dice que la reducción  del vocabulario, especialmente entre los pobres es inquietante.  Rotundo: “Un ciudadano medio español no utiliza mas allá de mil palabras”. La curva nos lleva al abismo.
Navegamos para buscar otras referencias y vamos a dar con un sitio grato. “El papel blanco”, algo que parece desafiante colocado en el corazón del digital. Debajo de la cabecera: “¿Cuántas palabras usamos? Descubre la riqueza de tu vocabulario”. Y a eso vamos, pero antes topamos, en lugar muy destacado, la reproducción de unas cuantas entradas de diccionario, y un dedo se detiene aquí: “Churriana. F.vulg. Ramera”.  Será por hacer espectáculo, como si fuera una televisión, o para enseñar el idioma, servidor no conocía lo de churriana.
En “El Papel Blanco, escribía Sergio Parra en 2010 y en un momento dado dice literalmente: “El vocabulario pasivo de una persona normal puede perfectamente superar las 10.000 palabras (vocabulario pasivo significa palabras que conocemos pero que no usamos necesariamente en nuestra vida cotidiana). El vocabulario activo, no obstante, apenas es de unos centenares de palabras”. No puede ser mas claro ni mas alarmante.¿Le preocupa este asunto a la gente de la calle? Parece que ni a ellos ni a los rectores de las televisiones, en muchos espacios asusta la pobreza verbal de los que aparecen en pantalla.
Hay millones de palabras en los diccionarios españoles  y en los panhispánicos, pero el acceso a ellos parece de feria: Como si tuviéramos que subir por una de esas cucañas, con el pelo untado con una sustancia deslizante, sin otra ayuda que  las manos y las piernas.  Y mientras uno sube, joven en general, los demás se ríen, pero en el fondo envidian a alguien que está haciendo un esfuerzo. El que tendríamos que hacer  todos para conseguir mas vocabulario, empezando por leer  El Quijote, que no es certera la demoscopia, al decir que aquí nadie ignora  al caballero creado por  Miguel de Cervantes. Si acaso, le habrán viste en el cine, pero las salas están vacías.