Carta espero y no me escribes

Carta espero y no me escribes

Correos ha muerto, viva Correos. Hablo por mi mismo: solo le pongo sellos a mi correspondencia cuando distribuyo las participaciones de lotería del 22 de diciembre.  Me limito a cinco o seis personas, bien que viven fuera o, si son de Vigo, a las que residen lejos de mi domicilio. He perdido casi hasta la última gota del hábito de la comunicación tradicional. Podría evitar totalmente esa antigua manera de relacionarme. Bastaría con un escáner, siempre que los receptores tuvieran ordenador, pero tardaría en amortizar aquel  aparato.
Supongo que los enamorados ya no dicen “carta espero y no me escribes”, aquí quizá solo digan tal los jerarcas de Correos. Gran parte de los buenos servicios públicos que había en el país, está aquejado del mal de la uvi o la uci. A mi edad y por no haberlos necesitado, no diferencio por sus nombres servicios médicos de atenciones extremas, aunque sepa deletrear unidad de cuidados intensivos y unidad de vigilancia intensiva, en las que no he estado ni de visita.
El mal uvi-uci, aqueja a Correos no solo por el cambio de nuestros hábitos, si no por la liquidación de sus antiguas virtudes. En tiempos, el servicio oficializado corría que se las pelaba, hasta que llegaron los particulares con sus furgonetas, sus motos o lo que haga falta y te ponen un paquete o una carta en un instante en  su destino.  Esas empresas de transporte cobran mas al cliente que Correos, pero ¿sabe alguien lo que despilfarraba el servicio de franqueo, ese que se hacía con sello con las efigies de Franco o del Rey, según la movida de la veleta política?
Algo semejante ha pasado con Telefónica, parapetada en Movistar, sin denominación de origen, como los pescados y mariscos gallegos con trazabilidad, que tuvieron en la merluza al pincho de Celeiro su antecedente. Sabemos lo que nos interesa de los peces, en los servicios telefónicos públicos o privados, nos podemos encontrar  con una voz metalizada, irreconocible. 
El matrimonio Renfe-Adif no ha sido ejemplar, tampoco Iberia en versión moderna y con la competencia barato-barato.
Volvamos a las cartas, haberlas haylas con prestigio. Se ha creado el hábito en no pocos ciudadanos de leer el periódico empezando por el final, porque allí suelen estar las cartas al director y las esquelas. En esta casa que nos cobija, las necrológicas  van en las últimas hojas, y sirven para que los familiares del fallecido encuentren  compañía en el duelo como para informar a los lectores de quienes han sido los muertos el día anterior. En Atlántico las cartas ocupan un espacio noble, integradas en Opinión. Este modo de hacer periodismo desde fuera es una escenificación del aserto de que los depositarios de la libertad de prensa no somos los periodistas, sino la ciudadanía en su conjunto. 
Nutrir la sección de cartas al director permite al ciudadano expresarse, usar de su libertad, intentar convencer a aquellos que no piensan como el que escribe… Estas y mas son virtudes de unas cartas que tiene todo periódico que se precie. A la pantalla de la televisión no han llegado las cartas de los televidentes, excepto como quejas al defensor del espectador, cuando existe esta figura. En la radiodifusión apenas se escuchan cartas. Como otros muchos hitos radiofónicos, este se hizo carne a finales de los cuarenta y duró, era el Consultorio de Elena Francis, al que se acercaba el radioescucha con variedades, desde problemas amorosos y económicos. La comunicación con tal inexistente señora se hacía por carta y la mayor parte de la audiencia del programa lloraba cuando la buena señora daba consejos sentimentales en el borde de la lágrimas. Los yanquis, que siempre han querido hacer Guantánamo en todas las esquinas, lanzaron la película “Mi mula Francis”. Esta no escribía cartas, cualquier día nos sorprenden  con una réplica que hasta hilvane frases.
También hay epístolas mas que amorosas, lascivas, como las que se cruzaron Benito Pérez Galdós y nuestra Emilia Pardo Bazán, epistolario en el que la iniciativa la lleva la Condesa. Fuera el caso de don Benito, los demás le duraron poco como amantes, eso sí, seleccionados entre la intelectualidad y las artes plásticas. Ella se adelantó al generalito a escribir su correspondencia como inquilino del Pazo de Meirás.
En definitiva, que la carta tradicional sobrevive en rincones perdidos, con gran esfuerzo de la gente tradicional, aunque nunca tendrá su encanto twiter, que  en 140 caracteres no caben tantos adjetivos como los enamorados precisan. O el correo electrónico, para el que Tomlinson,  recién fallecido, inventó la arroba, que traducida al inglés tendrá su encanto pero entre nosotros, los hispanohablantes, fue siempre unidad de peso, que no se si utilizará todavía en el rural.
Nos despedimos  como saludaban antes, en la correspondencia, muchos jóvenes que tenían que cumplir el servicio militar obligatorio; “A la llegada de esta (la carta) espero te encuentres bien, yo bien, gracias”. Las relaciones del soldado españolito las plasmaba  muy bien  “Recluta con niño”, que llegó al tiempo que la tele a España.