El Asesino ha prendido la chispa de mis recuerdos, que pasen

El Asesino ha prendido la chispa de mis recuerdos, que pasen

Se  escuchar en inglés teacher and child table, muy poco mas.  Quiere decir, para los antiguos como yo, maestro mesa y niño.  Para colmo, lo he tomado en internet, de un diccionario anglo: The free Dictionary.  Allá por 1956, algunos estábamos en Bachillerato,  Franco no nos dejaba aprender ese idioma, porque no quería que reivindicáramos la roca en la lengua de sus habitantes. Hablan llanito, no hay que descuidarse, que así llaman también a los habitantes del Peñón de Gibraltar, no les llamen británicos, por mucho que lo sean.
¿La chispa de mis recuerdos? No es que algo eche a arder por nuestra intervención,  en mi caso, para entendernos, hablo de intensificar una emoción, o sea rememorar algo que nos pasó. No se por que me viene a la menta la vivienda de alquiler que ocupábamos el matrimonio, casi a estrenar, el hogar no, el sacramento, que era reciente. Vivíamos en Carabanchel Bajo, casi todo el mundo sabe que allí está la segunda plaza de toros de Madrid, entonces no había mitines en el coso, ni en parte alguna, porque no dejaban. Madre e hijo, los mios, el era bastante pequeño –no hablo de la estatura- se daban un paseo diario hasta la  orilla del Manzanares, que allí construía el Atlético de Madrid su estadio. Prepara a los hijos que mira luego como te salen: merengue. A mi no me importa, que en la política y el fútbol soy como mas de los que parecen, que me importan todos un bledo. Pero mi hijo pasó su infancia en un ambiente colchonero, y se pasa al moro, a don Santiago la persona, no el estadio, y además está pendiente lo del fichaje de mi primogénito.
Mi segunda estancia profesional en Madrid, procedente de Galicia, ¡qué lio entenderme!,  que antes vine del Foro que llaman a la capital del país. En esa etapa que va de finales de 1964 al verano de 1966, tenía un colega en el periódico, rojo le llamaban por entonces, que colgaba en su salón una reproducción del “Guernica” de Picasso. Lo hacían bastantes demócratas, que lo que tenían en la pared con una alcayata que sujetaba un cordón, era un símbolo. Lo grave es que mi compañero vivía puerta con puerta con un policía secreta, que se llamaban entonces. El colega solo vivió tranquilo-tranquilo, cuando  descorchó la botella que tenía en el frigorífico. No se dio cuenta, con la emoción, que aun le quedaba mucha mili, o sea mucho camino por delante a los demócratas, que hasta el setenta y ocho, con la Constitución aprobada, aun había represores. Se libró mi buen amigo, porque nadie reparó en el.
Los que me conocen saben con certeza que estuve tres años entre dos estancias en Madrid, a año y medio cada una.  En 1988 paramos mi familia y yo en Valladolid, donde solo estuve un año, contra mi voluntad, porque la Castilla de Debiles valía la pena vivirla. Incluso el frio, seco y no húmedo como el vigués, que depende del gusto. Vamos al asunto, que tengo al asesino del título suelto. Era invierno en la cabeza de Castilla León –como leones rugían estos al llegar la autonomía, por la denominación- , en mi reloj eran las nueve de la mañana. Al llegar a un semáforo colindante con la Academia de Caballeria, observé que casi  todos los viandantes paraban cobijándose en una esquina, lo cual me pareció una chorrada. Dejé de pensarlo cuando entendí que aquellos refugiados se ocultaban de las ráfagas de frio. Entre tanto yo, abrigado, sí, pero en medio y medio de una acera, ¡sin protección alguna contra el frio, que pelaba! El tonto era yo, no aquella buena gente.
Otra vez esta profesión mia me llevó a Madrid, donde vivía y trabajaba al lado del Retiro, sitio gratísimo donde los haya. Estuve dos años esta vez, entre 1989 y 1991. Un colega me llamó antiguo por fumar y yo dudé, porque me mandaba a un señor a hacerme acupuntura, que luego he utilizado incluso, pero por entonces, en el ochenta y nueve, recién llegado, me horrorizaba. Alguien próximo me descubrió el secreto: “Antes que tu fue tal señor. Cuando este volvía a su despacho e iba a encender un cigarrillo, le advertí de lo malo que era adquirir otra vez el hábito de fumar pitillo tras pitillo.  El respondió  que no fumaría…¡pero porque erradicar el vicio le había costado trescientas pesetas¡”. Aun no nos había llegado el euro. Parece un chiste lo evocado, pero tan verdad, palabrita del Niño Jesús, como todo lo relatado.
Vamos a terminar con el criminal que ha prendido la chispa de mis recuerdos, a algunos los hemos dejado pasar. Asesino y criminal no son lo mismo, el primero, desde hace quizá décadas, era un restaurante de estudiantes. Según comenta Fernando Franjo en El Correo Gallego –en este diario estuve dos años en Compostela, a partir de febrero de 1970-  hace casi seis años que murió su propietaria, y nada se sabe de lo que ocurrirá con el edificio, la casa del Marquesado de Valladares. Lo cuenta todo  Franjo. El inmueble  está en la plaza de la Universidade, donde conocí una librería concurrida del periodista Ángel Botana.
No estuve en El Asesino, aunque era inevitable saber de su existencia. Ahora ya no estoy a tiempo, lástima.