La farsa política

La farsa política

La declaración de Mariano Rajoy ante la Audiencia Nacional ha revitalizado a los líderes de la oposición cuando todos estaban preparando ya las vacaciones. No ha habido sorpresas y es casi seguro que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tenían preparada su réplica varios días antes de que testificar el presidente del Gobierno.
Rajoy no aportó nada nuevo y hay que pensar que no tenía nada que aportar por mucho que nos cueste creerlo. En su declaración como testigo ante el tribunal está obligado a decir la verdad y, por lo tanto, arriesga su presente y su futuro si en algún momento se comprueba que ha mentido en algo. Pero el desconocimiento activo supone, sin duda, responsabilidades políticas. La queja sobre aspectos colaterales de su declaración -su ubicación en el sala o su llegada discreta- sólo ponen de relieve lo que se buscaba poniéndole en esa situación. Es cierto que todos somos iguales ante la ley -y la justicia, con todos sus pecados y deficiencias, lo está demostrando cada día- pero Mariano Rajoy es el presidente del Gobierno y, hoy por hoy, no está acusado de ningún delito ni investigado por nada. Le han llamado a declarar como testigo y podría haberlo hecho por videoconferencia y no hubiera pasado absolutamente nada. Algunos querían el circo y hemos tenido circo. La corrupción es una cosa muy seria, pero la política y la justicia también y deberíamos contribuir todos a recuperar la confianza de los ciudadanos en ellas. No parece que éste sea ni el camino ni el objetivo.
La corrupción está en manos de los jueces y hay que esperar que ellos juzguen los hechos que están a debate, los que se puedan probar. Hay que impulsar mecanismos de control que impidan comportamientos como los que hemos padecido años atrás y que siguen apareciendo día tras día. Hay que ser inflexibles en el control de las instituciones. Pero la sensación es que a nadie le importa de verdad el problema de fondo sino eliminar al adversario. Es evidente en Podemos porque, como han reiterado, su objetivo no es un programa de gobierno para los ciudadanos sino echar a Rajoy, como si eso arreglara los problemas de los ciudadanos. Algo parecido se puede decir de Pedro Sánchez, perdido en interpretaciones peregrinas y sin resolver la división interna, pero más cerca del "no es no" que de un diálogo que podría obligar al Gobierno a cambiar leyes, a establecer pactos y a hacer políticas sociales y de cumplimiento deontológico y democrático que evitarían que cada dos por tres nos estén cambiando unos y otros las reglas del juego.
Aquí y ahora tenemos dos problemas básicos para los que no debería haber vacaciones. Uno es Cataluña, con una respuesta legal, que los jueces hagan cumplir las leyes, y otra política que sólo funcionará si existe unidad de todos los constitucionalistas. El otro es la creación de empleo, el apoyo a los emprendedores, la reducción del desempleo, la mejora de la educación. Parece que los políticos prefieren jugar al tiro al blanco que a construir en positivo. Apuestan más por la farsa de la política que por la política para los ciudadanos. Algún día valoraremos en serio cuánto nos ha costado y dañado la corrupción y cuánto, también, el uso filibustero de esa misma corrupción.