La vida regalada de Juan Carlos I recuerda la del famoso Rey Faruk

La vida regalada de Juan Carlos I recuerda la del famoso Rey Faruk

La crónica diaria de la vida de jubilado de lujo del rey emérito Juan Carlos I que alguna vez se comparaba con el dorado exilio de su abuelo Alfonso XIII ya lo supera. Ahora ya rivaliza con la del que fuera rey de Egipto, el famoso Faruk. Un personaje insólito en su tiempo por su frivolidad continuada a costa de la inmensa fortuna que se había labrado a lo largo de su reinado a costa del pueblo egipcio.
Faruk se dedicó a la dolce vita por Italia, la Costa Azul y Mónaco, para disfrutar de su inagotable fortuna, mientras los egipcios pasabanprivaciones y hambre. Su dinero estaba depositado en bancos europeos.  Presumía que podía hacer suya a cualquier mujer que le apeteciera. Llegó a casarse con una miss. Las publicaciones de la época nos dan noticia de su presencia en los casinos y las fiestas de los millonarios más famosos de aquellos tiempos, en los restaurantes de lujo y en todo acontecimiento frívolo o festivo. Es evidente que las noticias actuales sobre las andanzas de Juan Carlos I lo recuerdan mucho.
La última aparición de Juan Carlos en la urbanización de lujo de Sotogrande (Cádiz) donde tienen vivienda todo tipo de personajes, incluido el ministro principal de Gibraltar, y donde coincidió, sin ni siquiera saludarse (no se hablan) con su sobrino Luis Alfonso (quien pretende considerarse duque de Anjou, pretendiente al trono de Francia y cabeza de la familia Bourbon), ha sido la reciente de estas muestras de cómo vive el que fuera sucesor del caudillo a título de Rey y cabeza de la monarquía por aquél establecida.
Alejado de su familia, sin otra relación que  breves viajes para retratarse en un acontecimiento fotográfico de apariencia familiar; aparecer y desaparecer de cualquier como en la cita de Palma en Semana Santa, para salir en el Hola (y no quedarse ni a comer) o un funeral de algún pariente y amigo, donde se coloca al lado de quien fuera su consorte, Juan Carlos I “emérito” emerge en la crónica social siempre en alguna fiesta o celebración ociosa o festiva en cualquier lugar del mundo.
En el caso de Juan Carlos I, este tipo de vida, al margen de su familia, es evidentemente una opción privada, salvo por un detalle: Juan Carlos I se desplaza habitualmente con sus escoltas en alguno de los reactores de servicio del Ejército del Aire, del llamado Grupo 45, que usan las más altas autoridades del estado, cuyo despegue sale del Ministerio de Defensa; es decir, del bolsillo de los españoles. Además, los contribuyentes sufragan las dietas internacionales, alojamiento y todo el costo de los militares y las escoltas que acompañan a Juan Carlos, ya vaya a pasar unos días al Caribe invitado por unos amigos o a pasar unas vacaciones en la Costa Azul.
Y de este modo, lo podemos encontrar en recorrido por los mejores restaurantes de España o en un  local exclusivo de Beverly Hills de la ciudad de Los Ángeles. Pero al día siguiente las agencias de prensa nos cuentan que está en Londres o en Abu Dabi. Siempre de fiesta o por puro ocio. Sus compromisos de Estado son pocos, casi un adorno simbólico, una toma de posesión por aquí, la entrega de unos premios por allá. A nadie se le escapa que a este ex rey, de trayectoria personal tan polémica últimamente –que hasta le obligó a pedir perdón a los españoles- no parece importarle mucho ni la familia ni lo que de él piensen los ciudadanos que sostienen su tren de vida, si el daño que eso puede hacer a la imagen de la Corona que los asesores de su hijo tratan vanamente de presentar como sencilla y ejemplar.