¿Por qué tantos militares consideran al general Julio Rodríguez un traidor?

¿Por qué tantos militares consideran al general Julio Rodríguez un traidor?

Dice Norman F. Dixon en su célebre libro “Sobre la psicología de la incompetencia militar”, recomendado como “un libro que todos los generales deberían leer” que los ejércitos son conservadores por naturaleza. Pero aquí, el término conservador no significa ser de derechas, sino que expresa que están apegados a ritos, tradiciones, rituales, principios inmutables que se derivan de su propia función que, con carácter general, es la defensa del territorio y del orden político institucional, lo que en una democracia significa, como en el caso de España, la defensa de la Constitución.
En este sentido, el ejército soviético era una institución asombrosamente conservadora en todos los sentidos, basado, eso sí, en los principios fundadores de la Revolución rusa, pero, una vez asentada, construida sobre el mismo esquema de valores propios y entidad simbólica como cualquier otro de la sociedad occidental, e incluso más, en cuanto a jerarquía, rango, disciplina y funciones.
En el caso dela nuestra, el Artículo 8 señala:
1. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
A nadie se le ocurrió en 1978, que un gobierno autonómico, cuya legitimidad deriva de la propia Constitución, iba a subvertir el orden constitucional, esto es, la voluntad de la nación y declararse en abierta y repetidamente proclamada rebeldía como hace todos los días la Generalitat de Cataluña. 
Por todo ello, resulta insólito que quien ha sido educado como soldado, asumido –se supone los valores que le fueron inculcados como tal- se aliste ahora con una formación que representa todo lo contrario de lo que juró y fue la principal razón de su vida y su medio de vida.
En los últimos tiempos, en las redes sociales se ha hablado mucho del teniente general Julio Rodríguez, ex jefe del Estado Mayor de la Defensa; es decir, el máximo órgano de mando de las Fuerzas Armadas, y conocedor de todos los secretos relativos a asuntos esenciales. Unos, lo alaban considerándolo un ejemplo de militar demócrata, de izquierdas, valiente y regenerador. Otros, simplemente, lo consideran literalmente un “traidor”, cuando no le dedican todo tipo de insultos y descalificaciones que no sería adecuado reproducir aquí.
Por fin, con mejor sentido, otros se preguntan por qué si estaba contra el sistema no lo dijo antes y, sin embargo, colaboró con él, desempañando tan elevadas responsabilidades.
Por eso, quienes lo motejan de “traidor” (y que suelen identificarse como militares, e incluso como subordinados suyos) recurren al diccionario para indicar por qué lo consideran como tal: “Falta que comete una persona que no es fiel y no es firme en sus afectos o ideas o no cumple su palabra”. Y también “falta consiste en una violación de la lealtad o de la fidelidad debidas”.
Es evidente que nadie puede cuestionar el derecho del ciudadano Rodríguez, una vez retirado del servicio, de optar por alguna de las opciones políticas que, al menos formalmente, se sitúan dentro del marco constitucional. Pero ahí está el problema. Podemos –aparte de otras consideraciones esenciales- ataca desde su base dos principios sobre los que se supone que este príncipe de la milicia estaba asentado: la defensa del orden constitucional, con respecto a la integridad del territorio de la nación española y la propia función de los ejércitos todos que han estado bajo su mando, incluidos los acuerdos internacionales, de los que el propio Rodríguez fue destacado gestor.
Rodríguez nunca ha marcado distancia alguna sobre el conjunto del programa de Podemos, ni tampoco de las manifestaciones libremente expresadas por sus dirigentes con respecto a ETA, la Guardia Civil, la Constitución (“ese papelito”), el concepto de España, las Fuerzas Armadas, las de Seguridad, la defensa del territorio; es decir, de las fronteras, la ciudadanía española y un largo etcétera. Al contrario, comparece sonriente y feliz al lado de quienes han manifestado y manifiestan todo lo contrario de lo que se supone que él pensaba y ejercía. ¿Es eso ser un traidor, al menos a unos ideales con los que suponía convivía?