El respeto a las normas y la cortesía republicanas

El respeto a las normas y la cortesía republicanas

A propósito de la actitud mostrada por los diputados de Podemos y sus contratas en la apertura de la XII legislatura y la ostensible forma de descortesía hacia el jefe del Estado, “¿Qué hubiera hecho usted de estar allí?”, me preguntó un alertado colega, añadiendo que con frecuencia lee cosas mías criticando a la Corona. Y yo le respondí que lo cortés no quita lo valiente. Yo hubiera recibido con cortesía al jefe del Estado por serlo, mientras lo sea, aunque yo quiero que él y sus descendientes dejen de serlo. Esto es, me hubiera puesto de pie y del mismo modo, hubiera aplaudido su discurso con la misma cortesía formal.
Mi interlocutor insistió: “¿No es una incongruencia. Porque usted quiere que se modifique la Constitución en ese sentido?”. Y yo repliqué que justamente. Pero por el propio procedimiento que la Constitución prevé. No se trata de rechazar a las personas que la encarnan, sino de que, con independencia de ello, yo sea uno de tantos españoles que espera que algún día se rectifique lo que se nos hurtó en la llamada “transición”. Quizá en aquel momento no cupo otra cosa. 
Pero al mismo tiempo añado que conviene que no nos confundan. Tanto la oposición, como los miembros más significativos del entorno del Conde de Barcelona (véase los escritos de Calvo Serer contenidos en su libro “Hacia la tercera república”) aceptaban o proponían que antes de redactar la Constitución se realizase un plebiscito en el que los españoles decidieran la forma de Estado y de Gobierno. Y que en el caso de ganar la monarquía, está hubiera quedado firmemente confirmada.
Por el contrario, se dice que este dilema quedó resuelto al votar la Constitución, donde la monarquía no ofrecía alternativa, adecuadamente adobada para compensar con el disparatado Estado de las Autonomías. Pero en aquel referéndum, la monarquía quedó amparada, cierto; pero sin que los españoles pudiéramos elegir otra opción o aquella Constitución o nada. Y esto fue así, de suerte que la monarquía electiva, instaurada por el general Franco (quien advirtió que era una creación “ex novo”, nacida de su voluntad y que “nada debe al pasado”) se transformó, conservando la esencia de su origen en una monarquía parlamentaria, en la que estamos.
Y es evidente que hoy por hoy, aunque intelectual y sentimentalmente muchos respondamos a la pulsión republicana, es país tiene otras urgencias que volver sobre este asunto, entre otras cosas, porque en el panorama nacional no avistamos a nadie a quien, al menos yo, eligiera para presidente de la III República. Y eso no supone que aceptemos, como dice el Giuliano Ferrero, que la jefatura del Estado se pueda heredar como si fuera una finca. Pero no supone que en su momento este asunto haya de ser resuelto según decidamos los españoles.
No obstante, como nos enseña el profesor García Pelayo, “La permanencia de una Constitución radica que no es inmutable”; es decir, se puede y se debe modificar. Y en ese sentido, la Corona es un título más. Y el mismísimo Jefferson escribió: “El poder constituyente de un día no puede condicionar el poder constituyente del mañana”. O sea que ya veremos si Leonor Borbón Ortiz, la ahora Princesa de Asturias, llega a reinar algún día.
Pero sentado todo esto, hay que decir que la falta de educación, de cortesía, de respeto a los símbolos, denota una grave confusión mental de quienes se amparan al mismo tiempo en la condición de representantes del pueblo. Pero el pueblo es educado y sabe guardar las formas. Se puede ser republicano, pero precisamente por serlo, esmerarse en la cortesía y el respeto a las normas de cortesía y buena educación, en el acatamiento de la Constitución en la cámara donde precisamente se puede modificar como norma suprema del Estado. ¿Qué diríamos si fuera al revés? Admito, por ejemplo, que un sector de la cámara no aplauda el discurso del Rey. No deja de ser una manifestación política. En el Parlamento británico, la reina no lee un discurso propio, sino el de su primer ministro; esto es, el programa de gobierno. En nuestro caso, se supone que el Rey envía el borrador previo al jefe del Gobierno y que, de alguna manera se le pueden hacer indicaciones, aunque sean sus asesores inmediatos quienes lo preparan con él.
Felipe de Borbón Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, (también llamada Casa de Glücksburg, una rama de la dinastía danesa de Oldemburg) es por ahora el Rey de España y jefe del Estado. Y por cierto, ya que reclamamos cortesía para con él, no vendría mal que, de paso, él la tuviera con el soberano pueblo de Grecia y tomara los apellidos propios de su madre, hermana de un rey depuesto, a quien el gobierno heleno ha prohibido que siga usando el apelativo “Grecia”.