El episodio belga de Puigdemont, previsto hace tiempo

El episodio belga de Puigdemont, previsto hace tiempo

Si examinados con perspectiva las diversas secuencias del proceso, desde que el Parlamento de Cataluña aprueba la “Ley de Desconexión” y la convocatoria del ilegal referéndum de 1 de octubre, emerge nítidamente la, sin duda inteligente y previsora, estrategia urdida por el independentismo catalán, con el sistemático reparto de papeles y funciones, entre los partidos de la ruptura con España, el aparato de sus pretendidas estructuras civiles, el gobierno y el Parlamento.
Dentro de esa estrategia, a la que se debe reconocer que pensaron en todo, estaba prevista, sin duda, la retirada y los planes para intentar internacionalizar el conflicto y el ataque a la soberanía de España, desplazando a Puigdemont –si la reacción del Gobierno fuera la aplicación del 155- a un escenario donde se contara con simpatías y una plataforma desde seguir operando. No sé si contarían que iban a disponer de la colaboración del propio Rajoy, quien dejó en sus manos los altavoces de TV3 y Catalunya Radio, para seguir manejando la propaganda y atacando al Gobierno, adobado por las habituales tertulias de acompañamiento.
Para qué tiene España un organismo de inteligencia. ¿Es que no se enteraron de nada? Parece que no. Pero los independentistas iban a contar con otros aliados dentro del resto del país, como vemos cada día: Los movimientos separatistas del País Vasco y de Galicia y personas que, sin ser separatistas, han priorizado sobre la visión del interés del conjunto de España como nación unida, su rechazo o antipatía hacia Rajoy.
Y así, leemos o escuchamos críticas a los jueces que se limitan a aplicar la ley, peso no se elude la causa de la causa; es decir del efecto que padecemos, como consecuencia de una rebelión o más propiamente de un “golpe de Estado”, considerando que no hay tal cosa, ni tampoco rebelión, “porque no hubo violencia”. Y en todo caso, se mira para otro lado cuanto a la que mostraron los independentistas y se critica la que ejerció el Estado.
Para dar un golpe de Estado en nuestros días no es preciso disponer y desplegar, si se dispone de ella, una fuerza militar. Pero en su lugar están las redes sociales y la capacidad de movilizar las mesnadas independentistas a conveniencia. Un golpe de Estado es la abrogación del orden jurídico legalmente vigente, que se vulnera o ignora y se sustituye por otro que es impuesto a costa de aquél. Y eso ha pasado en Cataluña, por cuanto se pretendió, y se pretende establecer un orden jurídico ex novo, como si no existiera la Constitución y el Estado, que son derogados de facto en una curiosa pirueta de ignorar la propia fuente de la legitimidad que se pretende ejercer contra sí misma, como si quienes lo hacen estuvieran ungidos de un poder constituyente que nace de sus propios actos.
Pero es que además, en este caso, ha habido rebelión de una fuerza, los mossos d´esquadra que para serlo han jurado la Constitución y el Estatuto. De manera pasiva o activa, una parte de esta fuerza dejó de cumplir el deber de perseguir el delito, en su función de policía judicial y traicionaron la lealtad debida al orden legal. Y eso forma parte del “Golpe de Estado”.
Hans Kelsen sostiene que el Estado es una ficción en sí mismo, que lo que realmente existe es el orden jurídico que lo crea. Es la Ley fuente y causa de su existencia. Y los propios romanos nos legaron aquel precioso brocardo: “Ubi homo, ibi sociedad; ubi societas, ibi ius”. La ley se puede cambiar. O sea, los independentistas tienen todo el derecho a pretender la secesión de Cataluña a través de la reforma de la Ley, pero no al margen de ella. 
Se dice que se ha judicializado un problema político. Las leyes están para ser cumplidas, dice Kelsen. ¿Si no se aplican cuando se vulneran, para qué están? Era la hora o ha fallado la política, dicen. Pero qué política cabe con quien antepone el resultado y responde con la coacción a su pretensión inicial de más dinero y menos Estado (ya de reducida presencia) en su propio territorio. Estamos en una nueva entrega de un verdadero sainete que ahora se transmite desde Bruselas. Es la paradoja de que la capital de Europa acoja y proteja a un rebelde y su cohorte, escapado de un Estado soberano y leal de la Unión, cuya soberanía se pretende desafiar. Y además, que se ampare a un sujeto que todos los días insulta a los jueces y al Estado del que se ha fugado tras su fracasado intento de romperlo.
El guión lleva tiempo escrito y se pensó en todo: Desde la foto de las fuerzas de seguridad del Estado reprimiendo brutalmente a los pacíficos votantes, al despliegue de mentiras sobre sus efectos y todos y cada uno de lo que estos días vivimos, según los escenarios y la aplicación de lo previsto, según se dieran las cosa. 
¿Es la hora de la política, o sea, de ceder, de premiar a los rebeldes con darles algo de lo que piden?. Es la hora del Derecho, como decía Kelsen. Y el Derecho debe ser eficaz.