El acuerdo de las buenas intenciones

El acuerdo de las buenas intenciones

El acuerdo de buenas intenciones entre el PSOE y Ciudadanos –no creo que realmente pase de ahí-, resulta un tanto incongruente en cuanto se coteja el texto del acuerdo con lo que están declarando los dos consocios, ya que las medidas concretas, anunciadas de modo radical,  en aspectos esenciales laborales, jurídicos o educativos, no figuran como tales en el protocolo firmado.
Aparte de que la aritmética parlamentaria no da para formar gobierno, salvo que se abstengan Podemos y/o PP, el asunto merece otra consideración. Los dos convenidos hacen sendos llamamientos a babor y estribor para que –sin citarlos, se le sumen desde las otras orillas. Y si lo que se pretende es un gran pacto de Estado o nacional o de legislatura, ¿por qué se rechazó previamente esa fórmula? ¿Acaso, porque lo proponía otro, ¿acaso por repugnancia personal, ideológica, cosmética…?


Muchos somos los que pensamos, como con acierto, y desde la experiencia vivida, propugnaba Ramón Tamames hace unos días, que al igual que se hizo en 1978, España precisa un gran pacto de Estado, sin excluir –añado- a nadie, que afronte el trance en que se halla España, precisada de un gobierno fuerte y estable, que ejerza una política realista y encare la rebelión de la Generalitat y sus excreciones variadas.


Pero por lo menos algo es algo. También ahora, hay que ver si desde el PP se mantiene la misma oposición a lo que, con todos los matices que se quiera, viene a ser formalmente lo mismo que se propugnaba. Si se piensa realmente en España, deberíamos asistir a una prueba de realismo y humildad, poniendo sobre la mesa argumentos razonables para la negociación a partir de este inicio que es el pacto entre el PSOE y Ciudadanos. Pero la verdad, dudo mucho de que pueda salir adelante, das las posturas irreductibles de unos y otros, que sobradamente vienen demostrando lo poco que les importa el país. 
Si hay que ir a otras elecciones, mientras los problemas avancen inexorablemente, estaremos sin duda ante el fracaso de la política; quiero decir, de la inteligencia.