La tragedia de Girona y otras barbaridades

La tragedia de Girona y otras barbaridades

Se me hace difícil pensar en un país del mundo en el que el jefe del Estado no pueda entrar en una parte de su territorio, ni recibir homenajes en el mismo, ni protagonizar allí un acto institucional. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Girona, Cataluña, cuyo Ayuntamiento, pretextando no sé qué obras, ha impedido la ceremonia de entrega de los premios Princesa de Girona, que desde hace nueve años viene produciéndose en este mes de junio, en el que tanto está cambiando España. Pues bien, parece que ni el Rey, ni la reina, ni su hija mayor, la Princesa de Asturias, heredera del futuro institucional de España, podrán entrar en la 'Girona oficial', porque son 'personas non gratas' a la institución municipal. Y ahora ¿qué hacemos?
Al final, la Fundación Princesa de Girona, que lamento decir que desde hace tiempo no parece estar entendiendo mucho de la situación, ha buscado la hospitalidad privada de un gran restaurador para allí celebrar la ceremonia. Una huida vergonzante que parece que, además, ha provocado amenazas veladas al enorme cocinero. Y a todo esto, el Rey, cuyo cuarto aniversario de su llegada al Trono de España, tras la abdicación de su padre, pasa la efeméride en Estados Unidos, nada menos que entrevistándose con el muy peculiar Donald Trump, el hombre, glub, más poderoso del mundo.
No sé si la discreción con la que La Zarzuela ha asumido el episodio gerundense es la actitud más conveniente. Ni sé si, en su inminente entrevista con Quim Torra, Pedro Sánchez planteará al president de la Generalitat, que se mantiene en un puro desafío al Estado (hasta el momento), esta nueva 'anomalía'. Tampoco sé si, como sería preciso, el Monarca llamará a Torra algún día a La Zarzuela, le leerá (amablemente, eso sí) la cartilla y entraremos de una vez en esa 'conllevanza' que no admite exclusiones municipales ni vetos territoriales. Ni, del otro lado, mantener en las cárceles, en prisión provisional que empieza a hacerse permanente, a los representantes de las ideas de la mitad de los catalanes, por cierto.
Ni en un sector ni en el otro se puede andar siempre con el palo y la zanahoria, ni con retos a una parte de la ciudadanía que piensa o siente diferente. Y valga lo que digo tanto para el lamentable caso de Girona como para, saliendo a pasear fuera de Cataluña, la propuesta de sacar a Franco del Valle de los Caídos, idea que complace a mi sensibilidad, pero que me parece que servirá para dividir más a las dos o tres, o cuatro, Españas que en el mundo conviven: ¿por qué no presentar la idea desde perspectivas más constructivas y menos 'frentistas', como convertir la aberrante historia de Cuelgamuros en una propuesta de unión, un Arlington moral, que diese cobijo a ilustres exiliados que duermen para siempre en cementerios franceses, por ejemplo, y se me ocurren casos como los de Machado, Azaña y un larguísimo etcétera? No, ellos no podrían convivir bajo el mismo techo que Franco, pero es que, en todo caso, el dictador está destinado a salir de `su` mausoleo, porque ya no le pertenece. Mire usted, quizá este asunto podría ser uno de los que abordasen el presidente del Gobierno español y Macron en su próximo encuentro en París.
Reconciliemos este país de una vez. Me hubiese gustado que Pedro Sánchez, en la primera de la que supongo que será una nutrida serie de entrevistas periodísticas, hubiese respondido a algo de esto. La normalización implica acabar con heridas que casi son seculares, y Cataluña, los cuarenta años de la llamada oprobiosa, empiezan a cumplir una edad en la que ya no tienen sentido fracturas que no se han sabido arreglar.
Porque estamos, obviamente, abriendo una nueva era. Que se note. Que el alcalde de Girona lo note. Que el abad del Valle de los Caídos lo note. Que algún juez que sabemos lo note. Que todos, usted y yo, lo notemos de una vez.