Sí, hay soluciones al atasco, pero no las quieren

Sí, hay soluciones al atasco, pero no las quieren

España está como varada. Todos por los pasillos del Congreso, en los cenáculos y mentideros, en las tertulias radiofónicas, hablan de lo mal que está Italia; yo, la verdad, no veo grandes diferencias entre la absurda política italiana y las arenas movedizas en las que estamos enfangados. Puede que sea una cuestión de asientos: Rajoy no dimite de su poltrona, Pablo Iglesias no abandona su chalet ni Sánchez y Rivera su sueño de hacerse cuanto antes con el sillón de La Moncloa, mediante una moción de censura el primero y forzando unas elecciones que, dicen las encuestas, le serían muy favorables, el segundo. Los nacionalistas vascos andan a la suya, anclados en sus cálculos, los independentistas catalanes siguen, con la estrategia de que cuanto peor, mejor, en su quimera secesionista imposible. No me extraña que suba la prima de riesgo, y que la desconfianza haya vuelto a instalarse en los mercados respecto de una España que, afortunadamente, está mostrando, como tantas veces lo ha hecho Italia, que sí tiene sociedad civil.
Y el caso es que soluciones hay, pero nadie las asume. Rajoy debería acelerar su ritmo cansino hacia una sucesión ordenada de su persona, dejando entender que la convocatoria de un congreso extraordinario del PP va a ponerse en marcha. Pero se comprenden sus recelos ante cualquier movimiento, porque quedan varias sesiones Gürtel más y muchos escaños menos en perspectiva para el PP. Los de Podemos han de mostrar una voluntad de regeneración que les conecte de nuevo con aquellos indignados, hartos del bipartidismo, que confiaron en ellos cuando sus casas eran como las de la mayor parte de la gente. En Ciudadanos deberían, en mi opinión, hacer una reflexión sobre lo malas que son las prisas excesivas, que una cosa es el paso de elefante de Rajoy y otra, muy distinta, convertirse, bip, bip, en un correcaminos patriotero con ideario basado en el simple antinacionalismo. Y, en cuanto a Pedro Sánchez...
De nuevo, y van tres veces, Pedro Sánchez tiene en su mano la posibilidad de enderezar las cosas o de hundirlas de manera irreversible, sobre todo para él. Pocos políticos españoles han experimentado tantos altibajos, tantas caídas y remontadas, en poco más de dos años. En la noche del 20 de diciembre de 2015, cuando conocíamos, aunque aún parcialmente, el resultado de aquellas elecciones, escribí una crónica de urgencia: 'Pedro Sánchez ¿presidente del Gobierno?', me preguntaba. La artimética daba esa posibilidad, aunque la lógica no. Lo mismo que ahora: de la moción de censura de Sánchez puede salir un fracaso estrepitoso o un éxito relativo que llevaría al famoso 'Gobierno Frankenstein' de PSOE, Podemos, PDeCat (o sea, ahora la gente de Puigdemont), ERC (o sea, ahora la gente del encarcelado Junqueras), quizá Bildu (o sea, próximos a Otegi)... Inviable a todas luces. Sería el fin del PSOE como partido nacional y no conduciría a España sino a nuevos y más peligrosos dislates.
¿La solución? A mi juicio -algunas personas en Ciudadanos ya lo vienen también sugiriendo-, lo mejor sería presentar a una figura 'de transición' como candidato/a la presidencia del Gobierno, que formase un equipo igualmente transitorio, comprometiéndose a disolver las cámaras y celebrar elecciones en el primer momento posible, es decir, a los cincuenta y cuatro días. Ese presidente fugaz, pongamos alguien como Ana Oramas, por ejemplo, o el también canario Pedro Quevedo, no debería pertenecer a ninguno de los grandes partidos. Y, en todo caso, si eso no se considerase, vaya usted a saber por qué, viable, el propio Sánchez habría de presentarse a ganar la moción con el compromiso de convocar elecciones en un plazo no superior a los dos meses, con un Gobierno 'de técnicos' entretanto.
Pero, ay, Sánchez insiste en que elecciones sí, pero ya veremos cuándo. El quiere pasar una temporadita encaramado a La Moncloa. Y así, tal como plantea 'su' moción, puede que no lo consiga. Ni los ciudadanos conseguiremos esa paz política, de la mano de una coalición de centro-izquierda (o de centro-derecha sin Rajoy, lo mismo da), que ya hace tiempo nos merecemos.