En resumen: Rajoy debe ir preparando, con orden, su relevo

En resumen: Rajoy debe ir preparando, con orden, su relevo

Difícil es saber cómo interpretan en La Moncloa el aluvión de informaciones dominicales hablando, en portadas más o menos incendiarias, de las desavenencias entre la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y la ministra de Defensa y secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal. ¿Extraña coincidencia? ¿Gota que, con las escandalosas fotografías de la triste celebración del 2 de mayo en Madrid, colmó el vaso? 
Haría bien en meditar el Máximo Intérprete de Todos los Acontecimientos acerca de qué es lo que ocurre en el seno del Ejecutivo, que pierde peso en las encuestas, en los medios y en la percepción lógica de las cosas para todo aquel que sepa escuchar a la calle, tarea difícil, pero posible si uno se aplica a ello. En resumen: está cada día más claro que Mariano Rajoy debe ir, ordenada y prudentemente, preparando su relevo, tanto al frente del Gobierno como del partido. Los plazos vencen: le queda ya menos de un año para poner estabilidad y concierto en lo que empieza a ser un gallinero y proponer a un sucesor/a.
Que Cospedal y SS de S se llevan a matar no es algo nuevo: todos los periodistas políticos hemos hablado de ello hasta la saciedad. ¿Por qué salen ahora, todas al mismo tiempo, las informaciones sobre los desencuentros a las portadas? El comentarista puede olfatear y luego aventar lo que cree que está pasando, que pocas veces responde a la casualidad: en la política española, llena de cenáculos y mentideros, de covachuelas intoxicadoras, tantas veces localizadas en centros de poder, lo casual empieza a ser derrotado por lo causal. Una pelea entre las dos mujeres con más poder (político, que lo económico es otra cosa) en España siempre resulta útil para distraer el escándalo hediondo de lo que ha sido la gestión `popular` en Madrid (este lunes se designará, o no, al sustituto/a `temporal` de Cospedal para la presidencia autonómica). O, claro, puede ser una buena maniobra de distracción ante la imposibilidad del Ejecutivo de poner coto al desmadre que los independentistas están montando en la política catalana desde Berlín, Ginebra, Bruselas y, desde luego, desde la mismísima Barcelona...
Rajoy se constituye en el sumo sacerdote, Moisés salvador de los suyos en las tormentas, hombre providencial en su calma imperturbable. Siempre le he atribuido el mérito de saber mantener las cosas en su sitio, y el demérito de, habiendo llegado a las puertas de la Tierra Prometida, no haber sabido completar las transformaciones necesarias para hacer que el desierto, el secarral político, llegase a ser un vergel. Pero el secarral, a base de becerros de oro y corruptelas varias, gracias a una indudable degradación política palpable en la ya digo que malhadada fiesta del 2 de mayo en Madrid, cada día está más seco, perdón por la redundancia. La incapacidad del Ejecutivo a la hora de enfrentarse a los problemas que surgen, su soledad parlamentaria --pese a haber conseguido sacar a flote los Presupuestos--, su enfrentamiento con el tercer poder, el Judicial, su mala (y mal intencionada) comunicación con una parte importante de la sociedad, hablan del desgaste de un Ejecutivo que ha tenido que enfrentarse a enormes pruebas, de las que, la mayor parte de las veces, ha salido airoso. Pero ya no.
Debe, pienso, comprender La Moncloa que un tiempo numantino ha de dejar paso a otro en el que el Ejecutivo ha de dejar de pensar en su salvación ante las próximas elecciones y resignarse a ser impopular para adoptar soluciones imprescindibles, que acaso no gusten a una sociedad involucionada y radicalizada en los respectivos extremos a ambos lados del Ebro. Recibir en La Moncloa a Roger Torrent, por ejemplo, puede no gustar a amplias capas del electorado, pero habría que hacerlo: ya lo hizo Juan Carlos I, hace bastantes años, con un antecesor de Torrent que era, al menos, tan independentista como este: "hablando se entiende la gente", resumió el hoy Rey emérito aquel encuentro. Y, en otro orden de cosas, ponerse a limpiar los establos, cambiando caras, talantes y talentos, puede provocar algaradas en el bando propio, pero lo contrario puede llegar a significar la disolución de ese bando.
¿Puede Rajoy afrontar esos retos? Su trayectoria, cuarenta y dos años en el coche oficial, acredita un rumbo, positivo en general con todos los claroscuros que se quiera, que quizá ya no es el que se deba seguir; no tengo acceso a él --es el campeón de los silencios ante los medios, al menos hasta donde yo pueda saber--, pero en su entorno creen que él lo entiende, y que tiene decidido no ser el cabeza de cartel en las próximas elecciones. Veremos: no hay quien pueda presumir de conocer la parte más íntima del corazón --del cerebro ya ni hablamos-- de Rajoy, así que habrá que esperar. Pero no mucho: ya digo que los plazos van venciendo. Y tempus fugit; resulta que este huido, cual Puigdemont, puede causar muchos problemas, porque dejar pasar el tiempo, señor Rajoy, me parece que ya no es la solución.