Rajoy, el valiente, sabe que esto acabará mal... para él

Rajoy, el valiente, sabe que esto acabará mal... para él

A Rajoy, sus detractores, que los tiene incluso dentro de su bastante disciplinado partido, ni siquiera le suponen el valor. Dicen que actúa a la fuerza, incluso cuando, aquel día de finales de octubre, pegó el memorable puñetazo sobre la mesa, disolvió el Parlament catalán, despidió a todo el Govern y convocó, nada menos que `desde Madrid`, elecciones autonómicas en Cataluña. Claro que sabía que se la jugaba. Y se la jugó, quizá, si usted quiere, porque no quedaba otro remedio, tras años de andar mirando hacia otro lado. Pero el caso es que se la jugó. Como ahora se la sigue jugando incrementando su participación en la `recta final` de la campaña electoral más rara de la historia, en la que solamente existe una certeza: que acabará mal para los intereses del PP y, desde luego, para los de Mariano Rajoy.
Así que, al menos, creo que a Rajoy, a quien hay muchas críticas que hacerle, sobre todo por su evidente desgana a la hora de hacer cambios y de poner en marcha ideas nuevas, hay que reconocerle el valor. No es un estadista, pero es un hombre concienzudo que parece dispuesto a abrasarse -y me parece que se va a abrasar_ por su patria, lo que en estos tiempos que corren no es poco.
Otra cosa es que nos parezca que Rajoy está cometiendo un error común a la mayoría de la gente: sobrevaloramos nuestro trabajo, al tiempo que ignoramos que los demás lo suelen infravalorar. Cuando el presidente del Gobierno central dice que podría presentarse a la reelección, porque no lo está haciendo tan mal, evidencia muchas cosas, la primera de ellas que está dispuesto a engañarse dando la espalda a los errores y magnificando los por otra parte evidentes aciertos. No, no lo ha hecho tan mal... en el pasado. Pero ha llegado una nueva era, y Rajoy pertenece a una política que se nos antoja a muchos potencialmente vieja.
Resulta muy difícil hablar a fondo con el presidente -y con la mayoría de nuestros políticos-, pero tengo la impresión de que al inquilino de La Moncloa le parecen `caralladas` superficiales todas esas discusiones, `todos esos líos`, en torno a una reforma constitucional, a cómo restañar las heridas con Cataluña, a qué cambios hay que introducir en el funcionamiento de nuestra democracia. Como le parecen `caralladas` las interferencias de la FIFA, porque nuestro fútbol va a ir al Mundial de Rusia y, además, "va a ganar". Hala. Como cuando dijo que nadie votaría en Cataluña. O como cuando asegura que todo va bien en la economía, desconociendo desigualdades y peligros. Está bien que el gobernante disimule que algo malo pasa, pero está mal que él mismo pretenda ignorarlo. Y lo que está pasando aquí, y lo que pasará tras las elecciones del próximo día 21, es muy serio. Y requiere intervenciones de urgencia, no calma chicha.
Rajoy no es, contra lo que dicen sus detractores, un mal político. Sabe que el gran derrotado el próximo jueves no solamente va a ser el PP catalán, sino todo el mundo `popular`, crecientemente amenazado por el ímpetu de Ciudadanos, y él mismo, que no ha evitado despeñarse y despeinarse en la campaña catalana. Valiente, sí, casi hasta la inconsciencia, a la vista de lo que predicen las ya prohibidas -sigue inalterado el absurdo de la normativa electoral_ encuestas.
Rajoy ha hecho prodigios para permanecer en La Moncloa en estos últimos, tan agitados, años. Probablemente ha merecido esta permanencia, no voy a discutirlo. Pero creo que el futuro, empiece cuando empiece este futuro, ya no le pertenece. Y pienso que él debería ser el primero en considerarlo y en empezar a pavimentar el porvenir político de la nación, porque, tras el tsunami, nada, nada, podrá ser igual que antes.