Pues, a mí, Francia, la verdad, me da envidia

Pues, a mí, Francia, la verdad, me da envidia

Sin demasiadas alharacas, Macron, que ha sido como un bálsamo para los males políticos de Francia, ha elaborado una especie de Gobierno de gran coalición que solamente deja fuera a los enemigos comunes, los lepenistas en desbandada. Cierto que ese proceso se ha llevado por delante al Partido Socialista, probablemente por culpa del propio PSF, y a otras fuerzas sedicentemente de la izquierda sin programas atractivos. Tengo familiares en el país vecino, me precio de conocer bastante bien la política francesa, cuyo proceso de evolución sigo desde años, y qué quiere que le diga: en muchos aspectos, Francia me da envidia, la verdad.
Lo primero de todo, he de advertir que no figuro entre quienes creen que España es un país desalentador. Todo lo contrario. Habitamos un gran país, y basta con salir a pasear un poco fuera de nuestras fronteras para estar, al poco, anhelándolo. Por eso mismo, soy un regeneracionista convencido. No puede ser que corrupciones que han cumplido trienios varios, ambiciones políticas que reniegan de una verdadera democracia e inoperancias seculares en cargos que deberían estar dedicados al servicio público, arruinen esperanzas y hagan del español un ser tradicionalmente desconfiado respecto de su clase política, con un mínimo sentido del Estado y a veces avergonzado de su nación.
¿Por qué, me he preguntado siempre, hemos decidido que en España no se podría dar una gran coalición para impulsar coyunturalmente un programa fuertemente reformista? ¿Por qué, a la vista del resultado que están dando las elecciones primarias en el Partido Socialista, decidimos que lo mejor sería suprimirlas, en lugar de, como en Francia, ampliarlas a simpatizante y votantes?, ¿Cómo es posible que se mantenga durante años una ceguera cómplice ante los patentemente corruptos y luego se intente lapidar a quien, como Cristina Cifuentes, tiene como principal pecado el haber derrochado valor para denunciar la corrupción en su propio partido? ¿Qué desgracia nacional nos aflige para que el resentimiento tuitero se cargue un gran proyecto cultural impulsado por un español universal como Antonio Banderas? Etcétera.
Si Mariano Rajoy no quiere o no puede hacerlo, entonces necesitaremos un Macron que limpie los establos hispanos. Si no tenemos un claro líder de la oposición, habrá que inventarlo, más allá de que las primarias coloquen en Ferraz a una persona más o menos dañina para la consolidación de un Partido Socialista que tiene enormes boquetes bajo el casco. E incluso más allá de que millones de votantes se echen aún en brazos de personajes de opereta que como valor principal cuentan apenas el encarnar el hartazgo de muchos ciudadanos ante lo que ha sido la política tradicional. ¿Por qué caer en las manos de Pablo Iglesias, o de Pedro Sánchez, que carecen patentemente de soluciones para la mayor parte de los males de la patria -como el secesionismo en Cataluña, que tampoco encuentra remedio en los planes de Rajoy--, cuando podría ensayarse la regeneración por la vía de una concentración de remedios e ideas diferentes y complementarias? Ya he dicho en alguna ocasión que nuestro Macron debería ser una coalición de partidos, no un solo personaje.
Francia ha demostrado que los partidos tradicionales, las fórmulas de siempre, la vieja política, no sirven. De pronto, un tipo con una peculiar biografía personal, que no lideraba una gran formación, que carecía de sedes en las provincias, sin fanfarrias ni proclamas altisonantes, se alza con la presidencia de la República, engloba en su Gobierno a las figuras más prestigiosas -que aceptan su liderazgo- y pone en marcha el renacimiento de la esperanza en que aún se puede uno fiar de eso que se llama política, que es el arte de mejorar la vida de unos ciudadanos que les votan y les pagan. Cierto, para que llegase Macron fue preciso que existiese Le Pen, como para que los Estados Unidos se den cuenta de su error será necesario que Trump se ponga al borde del impeachment e incluso, ojala, caiga en él.
El mundo camina por derroteros nuevos, creo (y espero) porque empieza a superar contradicciones que hicieron que los ciudadanos confiasen en soluciones que se presentaban como nuevas y eran, en realidad, soluciones locas. Y me parece que Francia es un buen ejemplo de lo que digo. Una vez más, se nos han adelantado.