La procesión del silencio

La procesión del silencio

Ahora que están a punto de concluir las campañas electorales en Galicia y País Vasco para dar paso a las presumiblemente trascendentales elecciones del domingo, me atrevería a resumir lo que ha sido la galopada electoral de los principales dirigentes de PP y PSOE definiéndola con algo así como 'la procesión del silencio'. No me refiero a que no haya habido palabras: ha habido muchas y muy reiterativas, confirmándose cada cual en sus archiconocidas posiciones desde los atriles de los mítines o desde el chafardeo en los 'selfies' con admiradores/as. Lo que no ha habido ha sido debate político, ni verdaderas declaraciones a los medios de comunicación, de los que los principales líderes, los que más se juegan en el envite, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, se han mantenido bastante alejados, para enfado de los informadores que han tenido que seguir sus periplos.
Ambos tienen miedo a hablarnos del futuro; de ahí que el secretario general socialista no haya concedido una sola entrevista en profundidad desde ya ni recuerdo cuándo, y que Mariano Rajoy, quitando la (breve) rueda de prensa en Bratislava, más o menos lo mismo. Quizá por eso se han disparado en las últimas horas las especulaciones acerca de una presunta -yo creo que no real, pero esta no deja de ser una mera impresión personal- intentona por parte de Sánchez de aglutinar una propuesta para ser investido como cabeza de un 'Gobierno de progreso'; ya sabe usted, con Podemos, los nacionalistas vascos y catalanes, etcétera. Y también puede que por eso se barajen las hipótesis más fantásticas en torno a si alguien puede o no pedir como condición para un pacto la cabeza de Rajoy, que es una cabeza que nadie quiere cortar, que se sepa, en el PP. Una cabeza, en todo caso, muy parca a la hora de las manifestaciones 'con enjundia' sobre el futuro que nos/le aguarda.
Los silencios alientan el nerviosismo, los rumores. Y no me limito a hablar de los dirigentes del PP y el PSOE. Que dos dirigentes de una formación como Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, se lancen a debatir entre ellos cómo ha de encaminarse una formación que se reclama de izquierda a través de mensajes de ciento cuarenta caracteres en las redes sociales tampoco deja de ser todo un ejemplo: ¿es en tan corto espacio como puede resumirse una polémica que, a mi juicio, tiene enorme interés para los ciudadanos, se reclamen de 'las izquierdas' o de 'las derechas', como quiere el líder socialista Sánchez dividir al cuerpo político español?
No sé si la falta de mensajes significa falta de ideas. Cada día que pasa y en el que nadie acude a propiciar soluciones para el enorme atasco político que vivimos me confirma en que es así: no hay soluciones porque no hay ideas para propiciar soluciones. Y, si las hay, se mantienen celosamente guardadas en función de tácticas y estrategias en las que quienes menos cuentan son, precisamente, esos ciudadanos sometidos a la procesión del silencio. Hay que concluir que el bien de la nación y el respeto al elector son menos importantes que la supervivencia del partido.
Claro que, como los días de mucho son vísperas de poco, tras este período de lenguas atadas se va a producir un torrente de acontecimientos, de manifestaciones, de tomas de postura. Prepárese usted porque, en las próximas dos semanas, vamos a asistir a una considerable barahúnda, en la que tanto bulto no contribuirá precisamente a una mayor claridad. Y, de ahí, saldrá lo que tenga que salir, que probablemente será un mal remedio, producto de ingredientes como la mudez y la verborrea, mezclados en dosis explosivas. En los últimos días he apostado unas cuantas cenas a que no habrá terceras elecciones. En el cuarto de hora en el que escribo estas líneas, temo que estoy a punto de arrepentirme de haber cruzado tales apuestas, porque corro un serio riesgo de perderlas. Claro que ¿quién diablos iba a pensar alguna vez que llegaríamos a una situación en la que el único acuerdo que se vislumbra entre las fuerzas políticas sea uno para forzar un cambio en la ley electoral que nos libre de tener que ir a votar, gracias a un calendario endiablado propiciado por 'ellos' mismos, nada menos que el día de Navidad? 
Bueno, seamos justos para concluir, que no todo es malo: es cierto que a veces sí se consulta a los ciudadanos. Ahí está, sin ir más lejos, ese referéndum que ha organizado el Ayuntamiento de Sevilla para ajustar el calendario de las jornadas de la feria de Abril. Ele ahí, que no falte la gracia salerosa atenuando el secarral político...