Peligro en nuestras playas (y en alguna piscina)

Peligro en nuestras playas (y en alguna piscina)

Ahora que empiezan a llegar los calores, conviene poner atención a nuestras playas. Y a alguna piscina, por cierto. Bien sabe el lector que no me refiero a esa super-medusa, la carabela portuguesa, que pica, pero menos que el odio playero que instala y quita cruces amarillas de la arena. Jamás se había visto espectáculo tal en unas playas que solamente son un reflejo de la tensión entre las dos cataluñas, patente ya desde hace tiempo en las calles.
En cuanto a lo de la piscina, ya sabe usted bien a cuál piscina en concreto me refiero. Les van a aguar el baño -nunca mejor dicho-- a la pareja Iglesias-Montero, ahora que las temperaturas suben no solo en los cenáculos y mentideros madrileños, sino también en pueblos serranos. Como Galapagar, sin ir más lejos, donde las cruces amarillas tienen forma de carteles en blanco y negro puestos por la muchachada de Vox frente a un chalé que usted y yo sabemos.
No crea usted, no, que escribo de manera alegre y frívola sobre playas y piscinas en esta jornada ya casi pre veraniega. La verdad es que me encuentro enormemente preocupado por el estado moral, jurídico y mental de mi querida España. Por poner solo un ejemplo, cuando esto se redactaba el país se sumergía en un día de huelga nada menos que de los magistrados, entre ellos varios del Tribunal Supremo. Ese mismo tribunal en el que ejerce el juez Pablo Llarena, que me parece que no, no está de huelga, y tendrá, por tanto, que decidir si permite a dos de `sus` encarcelados, Rull y Turull, salir de prisión y tomar posesión como `consellers` de la Generalitat, nada menos. Menudo embrollo jurídico en el que ha logrado meternos, una vez más, el secesionismo catalán, lanzado, nueva metáfora veraniega, a la escollera.
Las palayas y las piscinas eran, antes, símbolo de regocijo, los espacios en los que la gente se igualaba -más o menos- en su desnudez para disfrutar de unas horas de relajo. Hoy, cualquiera se va a dar un baño en el litoral catalán: a la primera de cambio te crucifica de amarillo una de las dos cataluñas que ha de helarte el corazón. Y en las piscinas mucho ojo: ¿es su propietario de izquierdas o de derechas, demagogo o mero vividor? Voten, voten, señores de Podemos, aunque tengo para mí que, al final, la formación morada no se quiere poner colorada dando una patada en salva sea la parte a los dos ex inquisidores, total porque muchos, ante la visión del chalé, estén verdes de envidia. Claro que, a partir de ahora, el discurso, algo escrachista a veces, de Podemos tendrá que cambiar, quizá hacerse más rosado, menos amenazadoramente grisáceo.
Todo es, como usted ve, cuestión de colores. Antes te identificabas, hablando de banderas, por el rojo, gualda, rojo, o por el rojo, gualda y morado, si reivindicabas la República. Ahora hablan del rojo, gualda y naranja, por el fervor rubio con el que se canta la -afortunadamente- nunca homologada letra del himno nacional en determinadas convenciones políticas. Y uno ha abandonado la corbata porque ya no sabe qué color ponerse para no parecer encuadrado en los predios de un banco, de una eléctrica, de un partido emergente o un reivindicador de la libertad de unos presos preventivos.
Sí, una de las corbatas que te pongas puede helarte el corazón. Así que lo mejor es, ahora que llega el verano, ir con el cuello de la camisa abierto, como quería obligar a sus funcionarios, dizque para ahorrar energía, aquel ministro de Industria de Zapatero, que por cierto menuda la está organizando en Venezuela, aunque esta sea otra. Y es que uno ya ni sabe de qué hablar para no meterse en (más) líos.
En fin, que a este paso uno no va a tener otro remedio que planificar sus vacaciones en la montaña. Y, preferiblemente, si da el presupuesto -hala, otra palabra maldita-, lejos.