Los 'halcones'

Asistí a la rueda de prensa de Quim Torra el lunes en la librería Blanquerna, que sirve de cuartel general de la Generalitat para actos en Madrid. Cuatro veces repitió que salía esperanzado por el `nuevo clima` que había encontrado horas antes en su encuentro con Pedro Sánchez en La Moncloa. Algo que, hace exactamente cuatro años, cuando Artur Mas llegó a la capital para hablar con Rajoy, no escuché, estando en el mismo escenario, sino más bien todo lo contrario: las cosas habían ido mal y las puertas se habían cerrado. Luego, en estos cuatro años, pasó lo que pasó, todo malo.
Así que es llegada la hora, me gustaría pensar, de abrir esas puertas a la esperanza. Las cosas, si se quiere, pueden desbloquearse, y ni Sánchez me parece tan incapaz como le quieren pintar algunos, ni Torra me dio la impresión de ser tan cerril como lo sugerían algunos de sus planteamientos pretéritos, supremacistas, de los que me parece que ya no quiere ni acordarse; no está el horno para esos bollos y él, que tiene fama de muchas cosas, pero no de tonto, me parece que lo sabe.
Ignoro cómo irán acercándose posiciones, qué concesiones -llamémoslas así, aunque a veces la semántica vaya en contra de los acuerdos-- habrán de hacer ambas partes, qué pasos concretos se darán en el difícil camino de mantener la unidad de la patria y la concordia entre sus territorios. Hay mecanismos, legales, económicos, de hecho y de derecho. Solo sé que no es la hora ni de los agoreros ni de los halcones. Y, lamentablemente, en este momento, en el que parecía que algo de aire fresco entraba por las ventanas, hay quien quiere cerrar de golpe las murallas del patrioterismo.
Me preocupa especialmente, desde luego, la postura de un partido al que considero tan sensato, viable y de futuro como Ciudadanos. Tanto Albert Rivera como algunos de sus más prometedores militantes, con Inés Arrimadas a la cabeza, parecen empeñados en sobrepasar al PP por la derecha -como si esto fuese cosa de derechas e izquierdas- negando la bondad de encuentro alguno entre Sánchez y Torra (hasta que este "no se arrepienta" -¿?-), y menos, claro, la conveniencia de que el presidente del Gobierno central viaje a Barcelona para de nuevo encontrarse allí con el president de la Generalitat. Que es persona que nos gustará más o menos -a mí, más bien menos-, pero que resulta que es el representante oficial del Gobierno autónomo catalán. No creo que a Sánchez se le caigan los anillos por ir a verle al pati dels Torongers, como no se le caerían al Rey llamando a Torra a La Zarzuela, aunque este sea ya otro cantar.
Imagino que algo de cálculo electoral habrá en las posiciones de un Rivera que quiere, muy legítimamente, sacar rédito al momento de postración del PP. Pero me parece que no es este el momento de pensar en elecciones, sino en el futuro de España como país lo más cohesionado posible. Y que la CUP, por un lado, y determinados comentaristas y políticos, por otro, nieguen la viabilidad de un discurso de acercamiento entre las dos orillas del Ebro me parece, a estas alturas, peligroso.
Mi confianza en el Ejecutivo de Sánchez es perfectamente descriptible, si le digo a usted la verdad -ay, ese traspiés, que para nada es insignificantes, en RTVE y otros casos de reparto de prebendas-; pero es lo que tenemos y no nos queda sino confiar en que se alce hasta la estatura de un nuevo Suárez, el hombre que, con Tarradellas --no, ya sé que Torra tampoco es aquel ilustre exiliado, pero podría, al menos, intentarlo-, y en unas circunstancias mucho más adversas que las actuales, fue capaz de suscribir treinta años de `conllevanza` con el espinoso `tema catalán`, como quería Ortega.
No conviene ahora que las posiciones `duras` se impongan. Pienso que a quienes las llevan como si fuesen banderas patrióticas en el pecho su intransigencia les podría costar bastante cara. Incluso en las urnas. Y solo espero que del próximo congreso del PP salgan posiciones flexibles y colaboradoras con el Gobierno en lo referente al acercamiento a las posturas más realistas del secesionismo catalán. Que, por cierto, también tiene lo suyo con la intransigente irracionalidad de la CUP, que esa es otra. ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia, de la paciencia de la gente, tanta gente, de buena voluntad?