¿Franquista esta España televisada? Amos, anda...

¿Franquista esta España televisada? Amos, anda...

Los 'turistas accidentales' que viajaron a Bruselas este jueves para apoyar a Puigdemont como (im)posible nuevo y renovado president de la Generalitat no vacilaron en lanzar gritos contra la España 'franquista'. Quieren presentar a este país nuestro -y de ellos- como un Estado dictatorial. Menudo dislate. A fuer de crítico, yo diría que estamos en un Estado algo caótico, pese a los esfuerzos del presidente del Gobierno central por darle un barniz de nación ordenada, que hace sus deberes, previsible y hasta algo aburrida, como si fuese Bélgica, o casi. Pero España, esta España que se asoma cada día a la frivolidad televisada, no es nada de eso. Y, si no, mire usted lo que va a ocurrir ahora que, por fin, la mayoría de las fuerzas políticas se ha puesto de acuerdo para encauzar el espinoso problema territorial.
Sin duda, usted ya sabe que el próximo día 13, miércoles, habrá reunión en el Congreso para determinar qué comparecencias son necesarias para acudir ante esa 'comisión de evaluación y modernización del Estado autonómico', que será la antesala de la comisión que se encargue de preparar el debate sobre la reforma constitucional. La lista de comparecientes, según qué partido la presente -Podemos y los nacionalistas se han autoexcluido, lo que no deja de ser un error: no estarán en el espectáculo- es diversa, larga, lógica, por una parte. Y, por otra, también pintoresca, extraña, con tintes de show de Truman, en el caso del listado socialista.
Los límites lógicos de este comentario no me conceden espacio suficiente para glosar al completo esta larga 'lista de Pedro Sánchez', en la que se incluyen constitucionalistas, presidentes de organizaciones benéficas, políticos en activo y ex políticos, y una larga nómina de gentes de la cultura, del espectáculo y del periodismo, que me parecen, nombre a nombre, respetables, independientemente de que unos nos gusten más, otros menos. Ocurre, sin embargo, que ser una estrella de la televisión, o un cantante con méritos más que reconocidos, o la directora de la película de moda, no te convierte necesariamente en un experto en algo que no hemos sabido solucionar en cuarenta años, como la financiación territorial. Y, con perdón, no veo ni a Serrat, ni a Isabel Coixet ni a Jordi Évole, ni a muchos de mis muy admirados colegas dictaminando si, por ejemplo, la plurinacionalidad es cosa buena o el 'cupo a diecisiete', sugerido el otro día por Iñigo Urkullu, es un avance o un retroceso.
He leído muchos comentarios calificando de frivolidad precipitada la lista que el jueves nos hacía llegar el PSOE con los nombres de los posibles comparecientes, que contrastaban, por su policromía, con los listados de 'Populares' y Ciudadanos, más técnicos y recatados, hasta más lógicos, si usted me apura. Menos comentaristas han argumentado, yo sí lo hago, las ventajas de empezar a introducir un poco de aire fresco en la cerrada vida parlamentaria, que habría de ser la impulsora de la renovación política que queremos implantar en esa 'nueva era' a partir del 21 de diciembre, pase lo que pase ese día en las urnas catalanas. Pues claro que periodistas, cineastas, escritores, historiadores y hasta toreros notables -no, a estos no los han incluido- tienen mucho que decir, como cualquier español, sobre el futuro político, y me parece bien que los llamen: hora va siendo de que se oigan más voces que las de siempre, a menudo tan roncas, tan monocordes. En la lista quizá falten nombres -hasta cuarenta y cuatro millones, fíjese si hay dónde escoger-, pero no sobra, desde luego, ninguno. Y en algún sitio habría que poner los límites.
Otra cosa es para qué va a servir una comisión tan nutrida en opiniones tan plurales, a veces tan previsiblemente contrapuestas; cómo se va a estructurar todo eso para poder llegar a lo que se pretende, una reforma de la Constitución que profundice en la democracia, en la modernidad y en la tan necesaria igualdad entre los españoles. Sobre el rigor del método, el PSOE de Pedro Sánchez, tan dado a las luces de colores, nada dice. Y ahí radica el peligro de caer en la maldición churchilliana: cuando quieras que algo no funcione, crea una comisión parlamentaria para regularlo. O fabrica listados vistosos que a todos (y a nadie) dejen contentos. Bueno, un paso sí que se ha dado. Hacia dónde es lo que todavía no sabemos. Pero lo que se gesta, sea lo que sea, es de todo menos franquista, por mucho que lo griten los que fueron de juerga -¡en Bruselas!- a la Grand Place.